bernard louis

Archivo de Junio 2009

El estatus, de Alberto Olmos.

In Alberto Olmos, Bolaño, Isaac Rosa, Nietzsche, Todorov, Vila-Matas on Junio 28, 2009 at 22:37


Ignoraba hasta hace un rato por dónde debía comenzar esta reseña; no sabía si era una reseña o qué coño era. Ahora que lo sé, humedezco con cierta desvergüenza la punta del plumín de la pluma estilográfica número 34 y comienzo a escribir. Me gustan las plumas y me gusta chuparles el plumín -escribir me está envenenando-. Plumas y guiños como obsequios. Sí. Esto ya ha dejado de ser una reseña. Qué más me da.

El estatus, de Alberto Olmos, editada por Lengua de Trapo en mayo de este año, es una novela corta de sólo 163 páginas que se lee en menos de una tarde y que cuando la terminas exclamas: “Alberto, lo que buscabas era la belleza”. Alberto dice que sí o dice que no, no lo sé, no le he “exclamado” nada.
Ceñirse al espacio que blogger te ofrece para escribir una entrada y hablar sobre El estatus, me provoca claustrofobia. Por esta razón no descarto que ésta no sea ni la única ni la última entrada que escriba sobre la última novela de Alberto Olmos.
Cinco o seis personajes sin tiempo y preñados de estatus, persuadidos por ese qué deben hacer y ser en la vida, porque la vida los ha puesto ahí, en esa cuadrícula del tablero. Al igual que Tatami, El estatus es serio candidato a la representación dramática por su compleja situación de comunicación, porque ignoro dónde se esconde el narrador, si es que por estar tan catártico, se ha entregado a lo risible de las escenas donde la madre, hija, rumano, asistenta, bedel y padre cabrón viven. La novela es un drama en potencia y éste es uno de sus rasgos más sobresalientes. Pero es mi opinión y sólo mi opinión es opinión verdadera para mí.
El estatus. Ese es el título. Existe un momento en que su lectura te deja sin venas. Abandonas por un momento el libro y te palpas el envés del brazo. Piensas: “Existo, pero en letra cursiva”. Te asustas. No, te acojonas. Vuelves a palparte los brazos y flemático, vuelves a notar el fluir de la sangre por las venas. Es justo el momento que la novela te ofrece, y que la tarde te presenta, para que te tomes un descanso y disfrutes de un café cortado. El ruido del microondas calentando la leche termina reenviándote a la realidad de una tarde de junio, laboral y asquerosa. Hacer como Bastian en La historia interminable es el anhelo, el deseo: abstraerte mientras terminas de leer El estatus. Buscas una buhardilla.
El libro no tiene cicatrices. El libro ha sido escrito con fluidez. No obstante, existe una ruptura interesante y más que notable en el momento en que la madre, Clara, decide dormir en la misma habitación que los demás protagonistas. Es una situación de miedo, similar a la que describe Isaac Rosa en El país del miedo; qué gran novela. En ese justo momento, la novela inflexiona y el autor imprime un nuevo ritmo a la trama. Ahora El estatus cabalga muy deprisa y nos obliga a leer ya sin descanso hasta el final.
¿Qué hace Alberto en el libro? Cosas deshonestas. Tratar a la literatura como lo que es, como el arte de lo posible y no el arte de lo real, jugar con la literariedad hasta extremos no definidos ni por Todorov. Hala…
Olmos convence porque es escritor. “Vale, resulta indudable lo que acabas de escribir, Blumm”. Como es indudable voy más allá y en este momento no me da miedo afirmar que si A bordo del naufragio hubiese sido escrita con la misma habilidad con la que ha sido escrita El estatus, Bolaño hubiese sido el finalista de aquel Herralde.
-No le entiendo, Blumm. Es más, se ha pasado.
-Ya, ya lo sé. Pero no me he pasado. Yo sé lo que digo.
Ahora, una afirmación sin demasiada reflexión: el título de la novela no es el adecuado. Si bien parte de la trama se organiza en torno al concepto del estatus, que sólo Clara tiene claro qué es, yo, editor en sueños la hubiese titulado Schmelgelme 34 a pesar de que a ti no te diga nada. La construcción Schmelgelme 34 es una chispa de genialidad porque esa palabra -que desconozco qué significa, si edificio en japonés o bungaló en francés- y ese número, constituyen un organismo vivo como en otros tiempos lo fue La colmena. La colmena nunca se hubiese titulado La miseria. Schmelgelme 34 es una construcción mágica pero tampoco es un palíndromo.
En fin, estas entradas tan largas sé que no las lee ni Dios. Lo sé y lo escribo. Voy acabando. Antes de hacerlo quiero revelar que los narradores de la novela conducen a velocidad de crucero, se les ve tranquilos porque conducen un DeLorean.
Hay que seguir hablando de esta novela, hay que seguir descubriendo los recovecos de su estructura, grabar sus psicofonías y servir el miedo en rodajas finas porque como dijo Nietzsche, hoy, según Vila-Matas:

el miedo ha favorecido más el conocimiento general del ser humano que el amor, porque el miedo quiere adivinar quién es el otro, qué es lo que puede, qué es lo que quiere.


Alberto, ¿para cuándo la próxima?
Imagen de Francesc Catalá. Pena Penita.

Schmelgelme 34

In Alberto Olmos, Lengua de Trapo on Junio 25, 2009 at 23:00


TeP (trabajo en progreso)

Clara madre leía, degustaba historias salaces, tétricas, decadentes, todas mezcladas en aquel libro grueso, de tapas negras y tacto mineral. Acababa de dar comienzo a un relato muy fantasioso. Un hombre, una casa con criados; un barco brasileño remontando el río.

Anónima, va por ti…

Si odias a Borges, lee a Huxley.

In Asimov, Bradbury, Huxley, Lem, Wells on Junio 23, 2009 at 23:15


-¿Qué tiene Huxley que no tengas tú?

(Piensa)
-¡Prosa!
(Se escucha a un gilipollas en la calle. Es verano y tengo las ventanas abiertas, muy abiertas.)
No suelo comenzar así los textos para este blog. No, no es mi estilo; por lo menos en este blog no es mi estilo.
-¿Qué tiene Huxley que no tengas tú?
-¿Dónde?
-Quítate las legañas del día.
-Pero, ¿dónde?
-¿Dónde va a ser? En Si mi biblioteca ardiera esta noche.
-Ah, vale.
(Bis) No es mi estilo comenzar así un escrito destinado a ser publicado en este blog seriote con cara de cipote.
-¿Cipote Huxley?
-Ya empiezas a desbarrar. Malinterpretas, ¡ganso!
-Tu madre necesita unas vacaciones.
-La tuya también.
Te soy sincero. Vamos al meollo. Yo, cuando escuchaba a los pedantes y sabihondos hablar de Huxley en la cafetería de la facultad pensaba en un Huxley sinónimo a: Lem, Asimov, Bradbury, Wells, la prima Rosa Mari, Josefa la del quinto, Blas, Edgardo…
-No mezcles churras con merinas.
-¡Vaya! Qué poco original eres.
-Ya lo sé.
Huxley. Este Huxley, el que he encontrado en Si mi biblioteca ardiera esta noche (Edhasa, 2009) es un Huxley que no es Huxley, un Huxley radicalmente diferente al Huxley que conocí imberbe en Un mundo feliz.
-No la he leído.
-¿No la has leído? Claro, con tantas chuminás como manejas al cabo del día, se te olvida que tienes que leer a Huxley.
-Puffff (en onomatopeya sonora; haced “puffff” con cuatro efes. Así, perfecto. Así suena). Ya empiezas otra vez…
-Huxley, Huxley, hip, hip, ¡Huxley!
Ahora, en esta parte de la entrada, debería haber escrito una cosa que sí quedo reflejada en el guarro borrador -todos los borradores son guarros-. Sí. Mirad la foto que encabeza el post. Ahí, ¿lo véis? ¡Qué guarros quedan los borradores! ¿verdad?
-Eh, deténte.
-Me detengo pues.
-Sólo has mencionado Un mundo feliz.
-Sí.
-No lo hice.
-Ya, sigues adolescente aún. ¿No te ves?
-Y tú, cabrón todavía.
-Muy parido. Y bien.
PD: Este post se escribió con la intención de sugerir y sugerir la lectura de Si mi biblioteca ardiera esta noche de Aldous Huxley. Editado en Edhasa en este año, 2009. Huxley aquí es el gran Huxley. Si no te gusta Borges, lee a Huxley que es más humilde.
Signatura según CDU: N HUX sim

Tu tiempo perdido

In Atiq Rahimi, Burroughs, Buzzati, Huxley, Proust on Junio 20, 2009 at 16:25

Ya lo he hecho. Yo también lo he hecho. Ayer acabé de leer Por el camino de Swann de Proust.

Devuelvo el libro a la biblioteca pero salgo con otros cuatro: La piedra de la paciencia de Atiq Rahimi (Siruela, 2009), La máquina blanda de William Burroughs (Minotauro, 2004), El secreto del Bosque Viejo de Buzzati (Gadir, 2004) y un libro que me está cambiando, bueno, transformando, bueno, vapuleando: Si mi biblioteca ardiera esta noche de Aldous Huxley (Edhasa, 2009). Ahora recuerdo que cuando era zagal e imberbe, me leí Un mundo feliz. Tengo que releerlo. Sí, lo voy a releer para cotejar qué se ha cumplido y qué no.
Huxley, en este compendio de opiniones sobre arte, música, literatura y otras drogas, escribe la reseña al libro de Proust que me hubiese gustado escribir a mí. Pero yo no sé escribir así. Hay que joderse. La razón de este post era simplemente ésa. Quería copiar y exponer aquí lo que escribió Huxley -o el Borges anglosajón- sobre la primera parte de En busca del tiempo perdido. No lo copio todo, es un extracto del artículo titulado: Proust: el método del siglo XVIII y que fue escrito el 8 de agosto de 1919 en la revista Athenaeum.
Leer a Proust como se merece exige una cantidad de tiempo casi ilimitado -bastante más de lo que la mayoría de nosotros, lamentablemente, puede procurarse. Él va despacio, muy despacio, y lo tritura todo hasta dejarlo diminuto. En el primer volumen, Por el camino de Swann, nos fue presentando el héroe en su infancia, rodeado de su familia: luego, en el curso de un estudio asombroso, lúcido e ingenioso de la vida social, nos fue contando cómo sucedió que Swann -el Swann del Jockey Club y una figura tan exitosa en la más alta sociedad- se casara con Odette, la semimundana aspirante a intelectual. Ahora, en el segundo volumen, el héroe ha crecido y es un adolescente; su pasión de niño por la joven hija de Swann crece y desaparece, y en la última parte del libro se disipa en medio de una tropa entera de jeunes filles en fleur, encontradas o meramente vislumbradas, al borde del mar. No sucede nada en el sentido convencional, novelístico de la palabra; una gran cantidad de personajes cruzan el escenario; somos llevados en coche por el campo y a darnos baños en el mar. Eso es todo, pero seguimos leyendo hipnotizados, fascinados por el tratamiento claro, intelectual, que Proust da a su material, por la agudeza y lo exhaustivo de su análisis, por su ingenio, y sobre todo su apreciación de la belleza y su poder para expresarla en un estilo acaso algo amanerado, pero genuinamente bello y original.
Proust es uno de los fenómenos más interesantes de la literatura contemporánea, incluso si sólo consideramos lo seguro que está de sí mismo, tan seguro en su brillante desarrollo y elaboración del gran estilo tradicional. Esperamos con grata ansiedad la aparición de El mundo de Guermantes, las dos partes de Sodoma y Gomorra, y el último, El tiempo recobrado, que completará esta inmensa obra. Los compraremos todos, y aunque quizá no tengamos tiempo de leerlos en cuanto aparezcan los guardaremos para una vejez calma y ociosa, cuando, entre los setenta y ochenta, nos propongamos sentarnos al cálido sol o junto a un fuego confortable, para pasar felices un año enter à la recherche du temps perdu.
(Athenaeum, 8 de agosto de 1919)

Los secretos del pollo

In Pollos on Junio 18, 2009 at 22:01

Irá a la plancha mañana. Vuelta y vuelta.

Hoy han vuelto a hablar de él. Aquí.
Hasta Juan se ha leído la novela. Qué valiente se cree. ¿Dónde? Allí.
Y cómo no, en la revista Studi Cattolici según Aceprensa. El otro día ahí y acullá bis.
Ya pagan el enlace al suso-pollo barato. No llega ni a dos céntimos de euro.
Lo de Antena 3 es rayar el asco. ¿Tienes sopa? Toma.
Ah, me he puesto a sudar sin que razón alguna se tornase verde chillón. O amarillo.

Bloomsday

In Bloomsday on Junio 16, 2009 at 21:59


Santos: Ferreolo y Quirico, Julita y Justina; Cecardo y Cunegunda, Mectonia y Lutgarda, Vibranda y Criscona, Armando y Bernabé.

Vivo en una capital de provincia pequeña, en una capital que los romanos llamaron Auringis y que ahora se conoce como Jaén. Jaén es un sitio donde sus habitantes tienen una costumbre centenaria: todas las mañanas, recién levantados, cierran la boca e hinchan primero el carrillo derecho y después, el izquierdo. Hinchados los dos hasta el máximo de su elasticidad, el jiennense los aprieta hasta que se escucha una pedorreta. Es en ese momento cuando el aceite de oliva les sale por los oídos y por el ombligo. Aquí vivo yo. Y ciento cuarenta mil más.
Otros sudan aceite. Yo no. Yo estoy aquí mirándome las manos porque he recogido del suelo un trozo de ¡bloomsday! que ha explotado sin avisar a las seis y veintinueve (6:29 a.m.) debajo del colchón. A esa hora sólo puede sucederte eso; que te explote el ¡bloomsday! de Joyce. Y gritas muy fuerte porque es así como liberas al gaznate de nicotinas y toxinas. Pero no fumas. También te lamentas como lo hacía Portnoy en algún lugar de la literatura. Justo un minuto más tarde, el día te ofrece doscientas opciones más. Doscientas posibilidades de comenzar la jornada de otra manera. El día a las seis y treinta (6:30 a.m.) es más generoso en oportunidades y más magnánimo, como el abuelo materno de mis cuatro chiquillos, o zagales, da igual. El abuelo paterno tiene una mala follá extraña y particular. Mi padre.
Los días que comienzan así tienen un problema: suelen joderte el final de los sueños de esa noche. Esta noche tenía dos sueños. Esta noche me habían encargado que maquetase dos sueños donde daba vida a dos mujeres cojitrancas y a un hombre tartamudo. Los tres muy listos. Los sueños son muy raros y más en la fase REM. En la fase REM todo se disloca. Lo que habías ideado de una manera, acaba de otra. Te acuestas con un sabor como de té rojo y apareces -cómo no- en el sueño librando una batalla de piedras en un barrio de una ciudad que no conoces porque nunca has estado allí, porque nunca la has visitado. Eso sí, las fachadas de todos los edificios que puedes divisar son rojas de república. El sueño en la fase REM se disloca. Mucho. Ya lo he dicho antes. El sueño en esta fase es un grito tuneado, un grito transformado, claro.
En los sueños nunca apareces besando a tus hijos. Nunca apareces diciendo: “Vamos, Claudia, que son las ocho y hay que ir al colegio”. Nunca. Haced la prueba. En los sueños siempre besas a las mujeres que andan con paso corto y sonrisa efervescente. Te guiñan un ojo y te comen el cuello como te descuides en REM. Lo hacen sin que tú les digas nada. Pero te callas, cabrón, tú te callas. Son las ocho de la mañana. En los sueños sucede esto. ¿No te ocurre a ti esto en los sueños? Si no te pasa es que deberías beber más té rojo antes de acostarte. El té favorece la creación de sucesos que ahora, en este preciso momento, no se pueden contar en este blog porque en ninguna de sus esquinas se advierte que sea un blog destinado a menores de… ¡18 años!
El día dieciséis, como estoy contando, amanecí con una explosión bajo el colchón. Lo que ocurre es que me he extendido más de la cuenta en contar las dos primeras horas del día.
Pero el día dieciséis, como el día quince o trece de cada mes -siempre y cuando no caigan en sábado o en domingo- tengo que llevar a mis cuatro hijos al colegio, he de incorporarme al trabajo y he de escribir en el cuaderno de notas lo siguiente:
8. 30: nada que contar.
9. 41: Una hora y pico después, nada que contar. Sigo trabajando pero sólo pienso en lo que me va a costar cambiar de colchón. ¿300 euros? Mi mujer no duerme ya muchas noches conmigo, ¿lo compro de 90?
La explosión de un ¡bloomsday!
Bien, prosigo.
El trabajo, aburrido. Mi jornada laboral es un manual de estilo perfeccionado con los años. Un manual de estilo de burro de carga. Yo no describo como Proust pero no pretendía ahora describir mi trabajo como sí pudo hacerlo Proust. Proust, además, agonizaba. Como Faulkner. Cosas mías. Detalles de mi subconsciente.
Insulto a dos clientes que se creen dioses -con minúscula-. Son las doce de la mañana. No soporto a ningún cliente pero me abstengo con mucha frecuencia, segundo a segundo. Me abstengo de proferir pétalos de sinceridad. Ja, qué poético. Soy como el jefe pero no soy el jefe. Como el jefe no es ser jefe. Vale. No digo siempre lo que pienso porque mantengo con mi trabajo a un gato siamés y a cuatro hijos de su madre, como yo de la mía. Mi mujer podría vivir sin mí sin ningún problema. Por este motivo no la incluyo hoy aquí. Además, es muy guapa. (Y… bien, iba a escribir).
Vuelvo a casa a comer. Son las dos y media de la tarde. En casa estoy solo. Miento. Mi gato siamés está entretenido con un moscardón en el patio. Recojo la ropa que hay tendida en las cuerdas, parece que está seca pero no la plancho porque soy un ecologista de genuflexión. Sé qué voy a comer hoy: cazón y ensalada con tiras de apio y zanahoria. No es viernes pero en casa comemos mucho pescado. También miento ahora. Es por épocas esto de comer pescado. Como, bebo cerveza, no me echo el cigarro porque llevo casi cinco meses sin fumar pero me acuerdo de él como me acuerdo de mi primer morreo. Qué cosas, amigo. Estoy solo en casa con mi gato Ficho y simulo el proceso de intoxicación nicotínica-alquitranada. Me llevo los dedos a la boca, hago como que inspiro aire y por ende, humo y lo expiro haciendo anillos como donuts -es lo bueno que tiene imaginar-. Me digo que soy un gilipollas haciendo el gilipollas. En menos de media hora tengo que seguir currando, esta vez desde casa, a dos metros de donde estoy ahora mismo fumando imaginariamente. Por las tardes trabajo desde casa. Es un sobresueldo que me saco como lector editorial y editor junior freelance. Soy editor, tengo un máster en edición pero me dan el mismo por culo que el que no ha hecho un máster en edición. Pero el almendro dará almendras, ya lo veréis. Con cuatro hijos la flor no puede quedarse en alloza.
Estoy como dos horas trabajando. Son las cinco. Recojo a mis hijos del colegio. Tienen clase por la tarde porque están en un colegio privado. Sí, creo en la enseñanza privada como creo en el uso individual de los calzoncillos. No sé si de las bragas. Soy muy escrupuloso. Los niños vienen contentos. Se suben al Scénic; gritan, cuentan peripecias, sonrío, sonrío y sonrío. Y miro por el retrovisor derecho e izquierdo y central. Freno y acelero. Y sonrío. Merienda en casa, café para papá, tareas, lecturas, paseo con el más pequeño -de año y medio-, dos recados, al super a por dos simplezas: una lata de alcachofas blancas y tres pastas de chocolate -para mi mujer-. Tres hijos que hacen de guardaespaldas. Mi vida es esta, sin tilde. Pero mi vida lleva tilde. Yo lo sé. Sólo yo.
Me acuerdo del colchón de la habitación que explotó esta mañana por causas bloomsdayescas. Encargo, antes de volver a casa, uno en la tienda que han abierto donde hace años hubo una tienda de electrodomésticos. Ahora venden colchones. Con dos cojones. A falta de televisiones, colchones sedosos, espumosos, mullidos, blandos y de sueño, con mujeres que anden bien.
Sobre las siete de la tarde llamo a Araceli, mi mujer. Hoy llega antes. Bien, así podré terminar este texto que subo sin apenas revisión. No me da tiempo. Ustedes me disculpan. Bueno, quien haya llegado a este punto que me disculpe de verdad. Es el momento de refugiarme en los libros. Ahora leo más que antes. También escribo más. Pero no soy ni lector ni escritor. Me llamo Blumm que no Bloom y aquél es el acrónimo de Bernardo Luis Munuera Montero que es el nombre del amigo que no aparece en esta historia aunque se haya reído mucho cuando se la he leído antes de acostarse, como cuando le cuento cuentos a mis hijos.
Sobre la mesa de trabajo a de Nerval, Proust, Henry James y a Faulkner. Y a un autor inédito que quiere que le mueva las dos novelas que tiene escritas y que me parecen muy buenas. Su nombre, Antonio José Alcalá. Programa de junio. ¡A rajatabla!
Portnoy, muchas gracias por la ocasión brindada. Felicita a tu hemisferio creativo, que no sé ahora si es el izquierdo o el derecho. Mañana más.
Son las 23:59 del diecisiete de junio. Ya pasaron dos días.
Buenas noches, amigos.
(Señoras y señores, este texto tuvo su origen en esta iniciativa: Bloomsday)

La muerte de un comercial

In Alberto Olmos, Arthur Miller on Junio 12, 2009 at 14:15

Puto estatus.
He llorado La muerte de un viajante esta tarde. Lo he sentido, me ha costado ser un hombre como los de antes; de ésos que no derramaban ninguna lágrima, de ésos que sólo lloraban cuando le pellizcaban abajo, más abajo, ahí, justo ahí. Miller, Arthur. Sí, el hijo de inmigrantes polacos y judíos. Ése mismo. Ése que se casó con la Monroe y ése que se divorció después de no sé cuántas mujeres más. Sí, ése.
Con Miller reflexionas sobre qué es el estatus antes que con Olmos, que lo haré cuando me llegue de una vez el libro;
que no, que no llega a esta santa ciudad de provincia empinada y llena de aceite. Qué hastío de distribución. Aunque el libro de Olmos me da a mí que va de tensiones sexuales ilegales.
(Para otro post. Hay que reinventar la distribución, editor de mi alma. Hay que reventar el actual sistema de distribución. Por los seis costados. La distribución es como un dado en la cadena editorial. A veces seis, a veces uno. El azar, o el albur, eso es la distribución. Pero para otro post).
La muerte de un viajante es una obra de teatro. La muerte de un viajante es casi una obra maestra. Casi. El viajante nunca debió morir así; Willy murió así, de aquella manera y por eso no es una, mi obra maestra; pero le dieron el Pulitzer y tengo que callarme, y me callo. Ahora. Que te den el Pulitzer por matar a un viajante debe ser divertido. Te has de divertir mucho cuando te dan el Pulitzer por eso. Me lo imagino. Sí, mucho.
Si fuese editor en prácticas y me asignaran reeditar esta gran obra, lo primero que haría, con el permiso de Miller, sería cambiarle el título. La muerte de un viajante se transformaría en La muerte de un comercial. El editor con el par -yo mismo-, se atreve, actualiza con o sin pata, con o sin charco. La mete y la saca, pero la mete, y la saca, la pata. El editor cuchitú-nomemenees-lostítulos sólo emite graznidos, como el loro que estoy domesticando y que ahora, justo ahora, estoy acariciando. Hay editores salvajes y editores domesticados. Para otro post, también para otro post.

Ya hemos cambiado el título, bien. Así quedaría entonces: La muerte de un comercial. Sí, queda mejor, más actual y moderno. La muerte de un comercial que era licenciado en Medicina. Sí, así mejor, más farragoso y más rimbombante. Y más: La muerte de un comercial que era licenciado en Medicina y tenía dos máster: en Recursos Humanos y en Edición. Un título demasiado largo pero un título de moda, muy serpentinata. Sí, muchísimo mejor.
Conozco viajantes que no hacen turismo, sino que trabajan y tienen no dos, sino cuatro máster uno detrás de otro, así: uno, dos, tres y cuatro. Ser viajante y tener cinco máster otorga estatus dentro de la profesión, pero estatus invertido. Algún día definiré qué es eso del estatus invertido. Las cosas son así. Miller habla de estatus en su obra, digan lo que digan los que no saben de literatura. Del estatus que tuvo Willy y del estatus que le quedó al final de su vida. Un estatus sobre cuatro ruedas que se precipitaron al vacío, al margen derecho de una carretera cualquiera. Sin intención. O sí, la de atropellar a un pobre perro que buscaba escolopendras rojas entre los olivos. Yo que sé.
Un viajante que olvidó que sus hijos tenían memoria y que justo antes de…, habían llegado a quererle.
La muerte de un viajante es una tormenta afectiva que acaece entre el padre y los hijos, la mujer y fidelísima esposa, y el marido, entre ésta y aquéllos. La tormenta descarga e inunda a los cuatro personajes. La muerte de un viajante es el sueño americano que se encabrona y nos pilla -a ti también si la lees- en agosto y en bañador -o en pelotas retozando en la charca-y a doscientos metros de un buen refugio.
Tienes que leer La muerte de un viajante un día cualquiera después de un almuerzo mientras saboreas un té o un café cortado. Después, camino al trabajo te montas en tu antromóvil y piensas en Miller y en su viajante. Y en tus frustrados sueños.
Imágenes de Tripp. Sueño americano y Auto.

50 pasos para dar el salto

In Baudelaire, Juan Cruz López, Mishima, Murakami, Tanizaki on Junio 8, 2009 at 00:07

50 pasos para dar el salto (Berenice, 2009) es un libro de Juan Cruz López (Jaén, 1979) que ha sido premiado en el último certamen del Premio Andalucía Joven de Narrativa 2008.

Advierto, esto no es una reseña. Son dos ideas que medio escribo para mis desoxidados lectores.

El libro comenzaba mal, jodidamente mal. La culpa no era de su autor sino de Murakami. Juan, no debe usarse una cita de Murakami si antes no certificas ante tus lectores que ni Mishima ni Tanizaki tenían un texto mejor que el de Haruki Pumuki. Eso era empezar jodidamente mal el libro. Pero yo soy un puñetero esnob que sólo lee y escribe y persistí, e insistí; y leí.

La cita Pumuki, mis desoxidados lectores, era la siguiente:

“Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que no las pone por escrito”.

A mí me pasa igual, pero no soy Murakami. Tampoco Tanizaki, ni Mishima, Yukio, el del sable que se sacó el apéndice porque le molestaba; y murió dejando descendencia: Norito Tomita y Iichiro Hiraoka que tiraba porque le tocaba y decía que yo digo que esto me lo ha soplado la Wiki -ente y pedia que odio a muerte-.

Por eso escribo esta reseña, para despejar al lector de este blog la incógnita que se le planteará cuando divise el libro en su librería habitual: ¿por qué tú, lector de verdad, tienes que leer 50 pasos para dar el salto? ¿Por qué? (También podéis rellenar una desiderata en la biblioteca)

La primera razón se llama Lucía que es el nombre de la protagonista del primer relato -porque 50 pasos son 50 relatos-. Lucía tiene el encargo de retesar la atención del lector. Lucía retesa y tú lees hasta que llegas al final y dices “¿ya está? Joder, yo quiero más”. Y te encabronas porque el libro despega muy bien,y se mantiene ahí arriba con fuerza y porque los relatos “Lucía”, “Portaángulos”, “Araña”, “Traición” y “Despertar” son relatos ganadores, son santos relatos de la literatura que rezuma literatura si se entiende la literatura como el puro arte de escribir ficción para agrado y supervivencia de las neuronas de los hombres sin redundancias como las que suelto aquí, en estas última oración. Juan hace literatura. Y la hace mejor que otros. Y por eso ha ganado el premio. Enhorabuena.

Esos que he citado antes son para mí los mejores relatos escritos por Juan en la obra pero desde el primero hasta el quincuagésimo -que es 50 en latín- son relatos que, de alguna manera, sacan si cabe, más brillo a lo que Juan escribe en la página 96 y que es idea de ésas, esa idea como ésta que transcribo:

“Os hablo del valor que tiramos como un trasto a la basura, para pasar por esta vida como buenos hijos de la mediocridad”.

La cita es muy buena, no me lo nieguen, joder. La cita, en el borrador que he escrito para escribir esta entrada, la relacionaba con Baudelaire y Las flores del mal. Ahora no sé por qué relacionaba parte de este libro con Baudelaire pero en esta cita está el secreto. A mí me gusta mucho porque es un bofetón a tanto uniforme social.

50 pasos para dar el salto son 50 pellizcos. Y no de monja. ¿A quién quisiste pellizcar, Juan?

PD: Juan, el autor, es coautor de este blog: Nueva Gomorra.

Imagen de Carlos Marijuan. Paso de Cebra.

No lo voy a expurgar.

In Szalowski on Junio 3, 2009 at 22:27

La vida de un lector editorial es una vida dura. Un lector editorial merienda todos los días pero no lo hace como nosotros. El lector editorial siempre sostendrá un libro entre sus dientes cuando tenga que sacar el café del microondas, el café de la merienda, por supuesto. Él también sufre, pero así, con la mandíbula; más si el libro es una mierda. Que los hay.


El frío modifica la trayectoria de los peces es un libro traducido por Esther Andrés. El autor es Pierre Szalowski y RHM lo sacó en abril de 2009. Se lo pedí a Mondadori porque alguien de esta editorial me propuso ser prescriptor de algunos de sus textos. Elegí éste porque el título me resultaba atractivo y porque recientemente se me había muerto un pez naranja chillón y feo de la muerte que tenía en una pecera cúbica que era la que entretenía las esperas de mi hija mayor que se llama Lidia y se apellida como yo. Esperas cúbicas. Mondadori me lo envió gratis y porque aquí todo es gratis no les voy a cobrar nada por estos apuntes. Faltaría más. 
Ha sido el primer libro que les he pedido. Un libro cuyo autor lo ha colmado con las vivencias de un zagal de once años cuyos padres se separan en el capítulo cuarto, o quinto. Una pena, la verdad. El libro, a partir de ahí, es una caída en barrena con aceleración de 9,8 metros por segundo al cuadrado. El libro es un tostón, un tostón escrito que podría regalarse a la entrada de cualquier ambulatorio español para hacer de la espera de la consulta al médico algo si cabe más tedioso de lo que ya es. No lo voy a expurgar aún de mi biblioteca porque se lo ofreceré a un hermano de 17 años que lee mucho; el libro, de esta manera, quedará testado. 
No, no me ha gustado. La trama es muy insulsa y está coronada de lugares comunes y frases hechas; abunda el impersonal, el corrector de estilo tampoco ha hecho bien su trabajo, o el que yo, como lector, esperaba. No sé si la traductora ha tenido algo que mediar aquí, no lo sé. Sí, ¡eso es! A este libro lo que le haría falta, y no bromeo, es un buen corrector de estilo, (yo mismo -qué feo queda que lo diga y más que lo escriba-). Un libro que pierde ritmo conforme pasas páginas. Es el ralentí de un motor rodado, con más de 200.000 km. Un motor con ese kilometraje no da sorpresas y si las da, sabemos cuál va a ser: que el motor se pare -pues tampoco es sorpresa-.
El protagonista tampoco me ha convencido. Por momentos he imaginado que en vez de un niño de once años, parecía un psiquiatra, otras, un niño noticioso de 2º de E.S.O. 
Ya no escribo más. Ah, sí. Como este post se lo debo a Mondadori por haberme enviado gratis el libro, qué menos recomedar que lo compréis por lo menos para cogerlo con los dientes mientras sacáis el café del microondas. Yo lo he hecho y el café no se me ha caído. Qué cosas.