bernard louis

Papás olivos procrean erosión (qué título más raro)

In Artículos on Junio 21, 2008 at 22:48

No sé qué pensaran ustedes de la propaganda. Se me encasquilló el concepto en tercero de carrera -¿o fue en cuarto, Salvador?- mientras mis compañeros y yo desentrañábamos los fundamentos de los fascismos y desde entonces, no he conseguido tiznar el concepto con otro color. La propaganda es el hilo con el que cose sus mensajes el tufo fascista. Suena anacrónico, ¿verdad? No se escandalicen. Las formas de convencer que se usan en la actualidad, es bueno de vez en cuando llamarlas por su nombre.

Ahora, y porque estamos en Jaén, deberían escandalizarse la mitad menos uno de los intelectuales que se beben diariamente -antes de desayunar- tres vasitos de aceite de oliva Virgen Extra al cubo. Pero yo prosigo tranquilo; no soy ningún intelectual.

Bien, establecida, hecha y pertrecha la relación entre propaganda y fascismo, ahora no me queda más remedio que confesar que la propaganda me cae mal. Era evidente. Tan mal que me cuesta soportarla, tan mal que me provoca retorcijones agudos y dolorosos en el estómago, tan mal porque es la herramienta más sibilina que se ha inventado para tener a media humanidad engañada y a medio Jaén embelesado. A pesar de tener un origen tan rancio y poco agraciado, hoy se sigue empleando a tutti plein, sin cortapisas, sin miedo y con dos cojones, como diría el humorista. Pero hay más: la propaganda partía de una premisa arriesgada y era la que supone considerar al ciudadano como un individuo romo, memo, bobo y obtuso. El caso es que a veces lo consigue y por lo tanto infiero, -es obligado inferir, deducir y suponer- que existen ciudadanos que son o romos, o memos, o bobos u obtusos por mucho o muchísimo aceite de oliva que viertan a sus ensaladas mediterráneas. Todo a la vez no, por favor, que no progresamos.

Escrito todo lo anterior no me siento con fuerzas para proseguir pero les cuento, así, para rellenar espacio si quieren, la chuminada -que no es tal- que ha originado que hoy hable de propaganda. Como ciudadano de Jaén, estoy soberanamente harto -de manera procaz no me dejan expresarlo- de que la imagen de esta provincia se identifique constantemente con una industria que si bien, llevan ustedes razón, lleva siglos desarrollándose, está impidiendo, desde mi punto de vista de intelectual degradado, a que surjan otras con más desarrollo y proyección en el futuro que la aceitera. La propaganda que sobre el hueso de aceituna se lleva a cabo en nuestras ciudades es algo que ralla ya la cordura. Algo que desborda los límites de la racionalidad y no queda más remedio que mostrarse empachado, como harto del hartazgo de lo santo y virgen extra que es el árbol de hoja lanceolada El hastío me inunda. No lo soporto más. Ni Jaén es una aceituna hembra que vende sus servicios al mejor tomate de ensalada, ni del aceite de oliva purísimo se saca el jamón de bellota. Mientras, otros proyectos quedan abortados porque todo el oro de verdad, los euritos -no nos engañemos, vamos a entendernos-, se destinan casi en exclusividad a acicalar aceitunas y cómo no, papás olivos y papás de erosión, paridores y sufridos.

Me bajo del olivo, bueno, me bajé del olivo tiempo ha. Y así me va.

Publidado el 20 de junio en Diario JAÉN.