Tenía preparada para este blog una corta reseña del libro titulado Lugares Comunes (Páginas de Espuma, 2007) de Irene Jiménez, pero como mi voluntad tiene similares cualidades a las del hierro, que si alegría que si dilatación, me ha dado tiempo en estos cuatro días de incienso y sangre, a finalizar otro libro de relatos titulado Llamadas telefónicas (Anagrama, 2003) de un autor del que siempre que leo algo nuevo de él me sorprende gratamente: Roberto Bolaño.
Bueno, más que reseña, el borrador de lo que tenía escrito sobre Irene Jiménez estaba trazado con dos o tres apuntes rápidos, insulsos diría yo. Era un puto borrador como los definió una vez mi querida lectora Siono. La profundidad de la prosa de Irene se ha significado, la he comprendido por el cóctel de magia que he descubierto en las palabras y relatos del otro, del mago Roberto. Pero claro, cuando terminas relatos como los de Clara y Vida de Anne Moore de Bolaño, vuelves enseguida a releer algunos relatos de Irene como los de En la ventana y En la universidad para buscar, con cierta desesperación, alguna similitud. Cuesta encontrarlas pero existen. Ahora sólo me fijo en la impresión que me han producido los personajes femeninos que trazan ambos escritores, en este caso escritora y escritor, y que tienen muchas cosas en común: chicas que dirigen su orquesta vital, sexualmente satisfechas y multiorgásmicas –qué gusto-, domadoras de hombres, guapas, misteriosas, trabajadoras y sabias, sobre todo sabias. A todas me las he imaginado guapas y así configuradas en mi mundo imaginario la lectura se ha hecho más que llevadera, fugaz.
Dos libros que se leen en, a ver, Jorge, calculo que en unas siete horas. Ocho si la velocidad lectora no supera las 500 ppm. Gastar 8 horas de vida en estos dos libros es empresa rentable y más si eres mujer. Si eres hombre, te gustará la experiencia del voyeurismo.
Llego tarde a mi cita. Es el momento de salir a la calle. Justo cuando abro la puerta del portal de mi casa me encuentro con el verbo mecer: ¡la Virgen de la Llama! gira su cabeza y me mira preguntándome si ella tiene alguna de las cualidades de los personajes de Bolaño o Jiménez. Ignoro su petición y trastabillado por el hecho de que una virgen me dirija su mirada busco desesperado la hilera de mantillas vestidas de negro coño. Y lo vuelves a comprobar: ¡no van rezando el Santo Rosario! Es cuando me las imagino Claras, Leticias, Nenas, Annes Moore y Joannas asilvestradas.