
El dinero de los niños (los locos) de Carmen Calvo
Hoy, para escribir este artículo, he necesitado cinco ingredientes: dos cartas al director, dos intervenciones en el blog donde publico los artículos y una especie de leyenda urbana que descubrí en un libro de Nancy Mitford.
La primera carta al director fue publicada en este mismo diario. El profesor de magisterio que la escribió me reprochaba el talante con el que había tratado el informe PISA. La segunda carta, también de un profesor pero esta vez de la Universidad de la Laguna, ha sido publicada en la Revista de Libros este mes. La lectura de su título invitaba a leerla con detenimiento, lápiz y papel. Un título que sintetizaba, a mi modo de ver, gran parte del problema que no todo: “El desastroso estado de la crítica al sistema educativo español”. Los tres ingredientes restantes se los debo a dos usuarias de mi blog y a una anécdota que relata Nancy Mitford en su libro Amor en clima frío (Libros del Asteroide, 2006).
¿Dónde está la coctelera? En mi cabeza, como siempre. Agitado todo, empiezo a contar caracteres, Ana.
El informe PISA revela una conclusión hasta ahora no incluida en las valoraciones que están haciendo los expertos. Esta conclusión está agazapada en la retaguardia pero sin la cual es muy difícil analizar correctamente la desgracia que le ha caído al sistema educativo español. ¿Podemos inducir que el bajo nivel educativo de nuestros jóvenes se debe al bajo nivel educativo de sus padres, que es, según los analistas, el más bajo de Europa? Pues va a ser que sí. No hay nada más que abrir la ventana del patio y goler. Esta conclusión recarga las tintas en el nivel cultural familiar y no en el ambiente propicio que deberíamos crear para que nuestros hijos lean –sí, no le den más vueltas, con que lean se solucionaría todo-. Y la consecuencia, muy clara: con el paupérrimo nivel cultural del que algunos incluso alardean y la mimesis que se establece entre hijos y padres, no queda más que reírse del panorama existente y que Manolito describía genialmente en una de sus tiras cómicas: “a mí qué más me da que el Everest sea navegable o no”.
Esa mimesis, ¡ay, esa mimesis!; raíz del problema. De donde no hay, no hay ni mimetismo ni pollos. Sí pollinos. La mimesis comienza en el momento en que la madre se entera de que está embarazada. Corría esa leyenda de boca en boca. Había madres que, antes de que naciesen sus bebés, miraban cuadros de Creuze –así lo contaba Nancy Mitford- para que éstos se parecieran a los guapos niños Jesús que este autor dibujaba. Pero en la aldea de las madres que miraban los cuadros del pintor nació un niño con cabeza de oso. Nueve meses antes, por lo visto, había pasado un oso bailarín por las fiestas de la aldea. La madre le preguntó entonces a una amiga suya que qué le parecía su bebé y ésta respondió que era muy comprensible porque “yo siempre he pensado que los osos son muy atractivos”, nena.
Ahora me callo. No me quedan caracteres. Se acaba el artículo y les dejo pensar en el niño con cabeza de oso. ¿Les parecería bonico parir un niño con cabeza de oso? A mí no. ¿Quién iba a despreciar el deseo de que su hijo naciese con la cara de un Niño Jesús? ¿Usted? ¡Apague y lea!
bernardo munuera montero.
Artículo publicado en el Diario JAÉN. 20 de febrero de 2008