Y se acerca la Navidad. Ya, tan pronto, tan tempranera entre tanto artefacto que pende de un hilo que echa chispas, entre tanta luz dispuesta a iluminar de nuevo, en otro final de año, nuestras ilusiones, sólo al final del año. Todo ornamentado; hasta el suelo que vamos a pisar durante estos días le han puesto lucecitas. Un objetivo, una meta: alimentar nuestros deseos y disfrutar de la gran parafernalia en la que se ha convertido la Navidad. Esos días romanticones que nos esperan vienen siempre acompañados de aquellos otros días de tu infancia más lejana; que si divisabas mil veces al día a Mary Poppins sentada sobre un paraguas y bajando de los cielos como la paloma del Espíritu Santo; que si en esas noches infantiles en las que tu mayor ilusión antes de cerrar los ojos era arrastrar un libro a tu regazo y quedarte dormido con él entre las manos. Aquella débil luz de flexo de plata, aquellos títulos que no olvidarás nunca: Los viajes de Gulliver, Los cinco, La historia interminable, Momo y sus hombres grises, las Fábulas de Samaniego, Las aventuras de los cinco, la Lolita de Nabokov –entre las sábanas y oculta como un tesoro-, Taras Bulba, Miguel Strogoff, Roberto Alcázar, Rompetechos, Mortadelo y Filemón, Superman. Sin pelusilla aún bajo el vientre, las navidades eran sobre todas las cosas, con mantecados y sin ellos, unas navidades donde la lectura era un verdadero refugio a la vorágine del comer, del beber, del comprar y del vagar.
Pero uno crece y ahora, en esta época sólo resta tirar de ingeniería contable para echar cuentas y cuadrar el mes. Menos mal que a mitad de mes te encuentras esa taleguilla con la paga de Navidad. Qué gozo y qué alboroto, por Dios y por la Virgen. Pero ni con paga: que si medio sueldo para comilonas y regalos, que si el otro medio para las rebajas, que si un duro para nada.
Sigo con la costumbre, sí; y recapitulo. Si hay una época del año donde más lea, ésa es Navidad. Ya ven ustedes, continúo en este artículo el tema del anterior, hoy también, puesto que estoy embarcado en mi particular campaña a favor de la lectura. Gratis, sí, leer es gratis. Algunos dirán que soy de los que pretendo que se lea desde que el espermatozoide engancha al óvulo por banda, ¿verdad? No, no es esa mi intención. Este artículo en sus orígenes lo había pergeñado para destrozar de una vez por todas al libro denominado best-seller pero mi Pepito Grillo, mi conciencia de editor primerizo me ha contenido. El best-seller es un signo de nuestro tiempo. Eso está claro, vamos, es asunto de rango fetén. El best-seller entretiene, duerme, narcotiza, empalaga, derrite, me duerme. El best-seller es como la molturación de la Literatura. El best-seller o la consideración del libro como objeto de consumo, como un producto más de consumo –como decía el otro día Antonio, mi asesor literario-, como zapato de temporada, como braga de noche de bodas, como plato de cocina de diseño, como conjunto de papeles de pasta dura con función decorativa junto a la chaiselong de vanguardia del salón verde-fucsia que hemos adquirido. Lo confieso, he de hacerlo, por mi conciencia y por mis principios: atento contra el libro comercial que vende por el simple hecho, por el simplicísimo hecho de que entretiene. Soy más de long-seller, de libros a los que hay que quitarles el polvo en las librerías, de libros como el que hoy he rescatado de Metrópolis: Roma de Gógol, editorial Minúscula. Me he pasado de caracteres en este artículo, corto, cambio. Siempre queda el continuará: continuará.
Bernardo Munuera Montero. blumm217@yahoo.es
Artículo publicado el 28 de noviembre en DIARIO JAÉN.
