Archivo paraOctubre, 2007

Atentado a la zoquetada existencial

El autor de este artículo advierte que el de hoy está destinado a todos aquellos que llevan más de veinte días sin abrir un libro y sin leer un párrafo literario contundente, de esos que dejan el alma tiritando durante unos minutos o, unos años. Ahora bien, también aviso, como avisaba aquel profesor del IES Auringis en época de exámenes: el que tenga de nota media seis coma siete, puede levantarse e irse; pues lo mismo, si usted es de los que se leen al menos dos libros al mes, deje de leerme, no pierda el tiempo con este artículo porque está dedicado a los millones de neuronas que han sido privadas –quién sabe durante cuánto tiempo- de sinapsis placenteras; está destinado y está escrito para impedir, espero que así sea, más abortos cerebrales provocados por el mantenimiento de los axones y las dendritas neuronales en la telaraña rutinaria, y tomo ahora el sentido de la palabra telaraña en el más estricto de sus sentidos: en el de telaraña como ente que nos pega y atrapa a la rutina. Y es que, favorecer y provocar que en nuestro cerebro se consoliden esas horribles telarañas neuronales tiene, antes o antes, consecuencias insospechadas que pueden resumirse en la inmovilidad neuronal inconsciente e inducida vulgarmente denominada zoquetada existencial. Los sentidos más intelectuales quedan temporalmente restringidos: se hociquea diariamente frente al televisor, se olvida cómo se escribía burro, si con b o con v –sí, sí, ríanse-, hojear u ojear -¿quién se ríe ahora?; ambas son válidas-; se nos hunde en la miseria esa capacidad para expresarnos bien cuando necesitamos hacerlo, ya sea con lápiz y papel o con timbre y cuerda vocal; se nos viene el mundo encima con toda su depresión y brutalidad pero esperen, un inciso: hablamos siempre de inmigración y pateras usando unas palabras que nos las meten dobladas porque nos han desfigurado la nitidez y así ¿qué vamos a ver?; porque la telaraña es tan espesa que nos incapacita para descifrar la información que diariamente recibimos. Así lo decía el domingo en la radio Luis García Montero, poeta de verdad, que instaba a abandonar la manía de llamar a las personas que vienen en pateras y cayucos, inmigrantes e indocumentados cuando en realidad eran y son náufragos. Pero esto, con su matiz literario, queda pendiente para otro artículo; la mar contiene agua y sal, aunque ésta última no se vea.

Hablaba del hociqueo existencial, del lampar por la vida consumiendo minutos sin ton ni son: trabajando, comiendo, bebiendo, comprando y conjugando, que también es vida, el verbo ayuntar pero ahora, como tengo alma de editor, qué mejor que ir de adalid para tomar partido por la guerra que ha abierto papá Estado: el fomento de la lectura.

No seré yo quien les cuente que en los libros se relatan y se inventan mil historias de las que ni ustedes ni yo seremos nunca protagonistas pero lo que sí les aseguro es de la gratuidad de su uso; disponer de esas tramas para resolver parte de la infelicidad que nos atenaza es cuestión de supervivencia, es asegurar y lucir una buena salud mental y un correcto juicio crítico. ¿No les parece de algodón dulce de feria tener telarañas entre las neuronas?

Artículo publicado en el Diario JAÉN el 31 de octubre de 2007
Bernardo Munuera Montero
blumm217@yahoo.es

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Tozudos hasta la histeria

Tozudos hasta la histeria

 

Cuenta Javier Marías en su libro Vidas Escritas que Wilde, antes de morir, pidió champagne y cuando le fue traído declaró con humor: estoy muriendo por encima de mis posibilidades.

La anécdota del gran escritor me sirve hoy para escribir este artículo y retomar la conversación que hemos dejado pendiente esta tarde Salva y yo. Salva es un artista en lo suyo, Salva es el artista que me despatilla y me hace un barbirrapado cada vez que lo visito que ni los barberos de antes, como lo hace él, ni los de antes. La cuchilla al compás, las tijeras al punto pero como le digo, qué pena que ya no uses bacía, Salva, qué pena. Quedarse ensimismado con las tarifas que tiene enmarcadas en su local, hacen de la espera hasta que te coge, una delicia. Son tarifas de barbería de principios de siglo; percibes el abolengo que tiene esa profesión, la de barbero, la de peluquero. Las tarifas que aplica hoy están en euros, que conste, y de acuerdo a mi posibilidad para pagarle.

Prosigo, no me despisto.

Me ocurre una cosa, es un defecto que no consigo corregir. En este artículo mensual que me permite publicar este diario de Jaén, quiero abarcar y tratar muchos y muy diferentes temas pero me esfuerzo para que los párrafos queden unidos por un frágil hilo conductor. Quizás sea esa una de las razones por las que mis lectores más fieles –cada vez son más e inteligentes- me comenten que a veces no me comprenden. Contesto a sus mensajes de móvil y correos electrónicos con cierta ironía pero con mucho cariño. Y pienso que quizás viva por debajo de sus posibilidades y por qué no, quizás no exponga con la suficiente claridad ese hilo frágil y conductor que recorre todos mis artículos.

La vulgaridad es una fuerza que desintegra pero, vivir por encima de nuestras posibilidades, además de vaporizarnos, nos hace una especie si cabe, más vulgar, más idiota que la especie más vulgar e idiota –unan los dos adjetivos a la vez- que haya sobre la tierra. Eso le decía a Salva esta tarde. Que no acabamos de mentalizarnos, que esto va a reventar por algún lado. Esta rara economía de la que nos alimentamos, este pellejo de odre ¡que es viejo! no hacemos más que lañarlo, sujetarlo, graparlo con visas, con horas extras, con ocupaciones remuneradas que ni nos van ni nos vienen, que no nos gustan, que nos quitan el sueño, que nos amargan la existencia, que nos hacen entrar en barrena, en mil depresiones, en mil historias de las que ninguna somos protagonistas mientras nuestros hijos se educan con la televisión y la tata. Pero porfiamos, como tozudos toros, con el torero que yace medio moribundo sobre el albero. Me acuerdo ahora de unas palabras de Doctorow, otro que escribe bien, y que me las susurraba el otro día un libro suyo: “Y no es que toda la gente que conozco esté jodida, incompleta, frustrada. En general, no estamos del todo mal. Es la misma vida la que no parece estar a la altura de las circunstancias”. Sí, la vida que seguimos fabricándonos construida a base de posibilidades, todas ellas  inventadas, para las que no encontramos semental que las fecunde. Es una historia colectiva, la de vivir por encima de nuestras posibilidades, es, una histeria sin solución de futuro Pero erre que erre; para tozudos, nosotros, (qué pollas).

 

Bernardo Munuera Montero.

bernardo.munuera@gmail.com

Publicado en Diario Jaén, hoy, 3 de octubre de 2007

 

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