El autor de este artículo advierte que el de hoy está destinado a todos aquellos que llevan más de veinte días sin abrir un libro y sin leer un párrafo literario contundente, de esos que dejan el alma tiritando durante unos minutos o, unos años. Ahora bien, también aviso, como avisaba aquel profesor del IES Auringis en época de exámenes: el que tenga de nota media seis coma siete, puede levantarse e irse; pues lo mismo, si usted es de los que se leen al menos dos libros al mes, deje de leerme, no pierda el tiempo con este artículo porque está dedicado a los millones de neuronas que han sido privadas –quién sabe durante cuánto tiempo- de sinapsis placenteras; está destinado y está escrito para impedir, espero que así sea, más abortos cerebrales provocados por el mantenimiento de los axones y las dendritas neuronales en la telaraña rutinaria, y tomo ahora el sentido de la palabra telaraña en el más estricto de sus sentidos: en el de telaraña como ente que nos pega y atrapa a la rutina. Y es que, favorecer y provocar que en nuestro cerebro se consoliden esas horribles telarañas neuronales tiene, antes o antes, consecuencias insospechadas que pueden resumirse en la inmovilidad neuronal inconsciente e inducida vulgarmente denominada zoquetada existencial. Los sentidos más intelectuales quedan temporalmente restringidos: se hociquea diariamente frente al televisor, se olvida cómo se escribía burro, si con b o con v –sí, sí, ríanse-, hojear u ojear -¿quién se ríe ahora?; ambas son válidas-; se nos hunde en la miseria esa capacidad para expresarnos bien cuando necesitamos hacerlo, ya sea con lápiz y papel o con timbre y cuerda vocal; se nos viene el mundo encima con toda su depresión y brutalidad pero esperen, un inciso: hablamos siempre de inmigración y pateras usando unas palabras que nos las meten dobladas porque nos han desfigurado la nitidez y así ¿qué vamos a ver?; porque la telaraña es tan espesa que nos incapacita para descifrar la información que diariamente recibimos. Así lo decía el domingo en la radio Luis García Montero, poeta de verdad, que instaba a abandonar la manía de llamar a las personas que vienen en pateras y cayucos, inmigrantes e indocumentados cuando en realidad eran y son náufragos. Pero esto, con su matiz literario, queda pendiente para otro artículo; la mar contiene agua y sal, aunque ésta última no se vea.
Hablaba del hociqueo existencial, del lampar por la vida consumiendo minutos sin ton ni son: trabajando, comiendo, bebiendo, comprando y conjugando, que también es vida, el verbo ayuntar pero ahora, como tengo alma de editor, qué mejor que ir de adalid para tomar partido por la guerra que ha abierto papá Estado: el fomento de la lectura.
No seré yo quien les cuente que en los libros se relatan y se inventan mil historias de las que ni ustedes ni yo seremos nunca protagonistas pero lo que sí les aseguro es de la gratuidad de su uso; disponer de esas tramas para resolver parte de la infelicidad que nos atenaza es cuestión de supervivencia, es asegurar y lucir una buena salud mental y un correcto juicio crítico. ¿No les parece de algodón dulce de feria tener telarañas entre las neuronas?
Artículo publicado en el Diario JAÉN el 31 de octubre de 2007
Bernardo Munuera Montero
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