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Abortos: nene, ¿será el agua?

 

Todo lo que se puede hacer de John Meyer

Después de haber saboreado durante un mes completo la esencia y naturaleza de la siesta, -esa beneficiosa costumbre tan mal investigada- vuelvo, por un tiempo más, a las páginas de este diario jaenero. Pero antes quiero sincerarme –porque de vez en cuando me gusta-: les puedo asegurar que después de estar un mes sin escribir para el JAÉN –mis relatos bailan en otra sala-, resulta costoso sentarse y atrapar tema con capacidad de entretenimiento tanto para el que regresa de estudiar bikinis y volar en parapente como para aquel que ha defendido la ciudad desde la trinchera laboral; el ejército de hipotecas euriborizadas acojonaba y no quedaba otra opción que apuntar y disparar. No mientan. Como decía, el tema estaba huidizo. Ante eso no hay mejor solución que escuchar el ventilador del portátil.

Les cuento: mi vecino Antonio, el farmacéutico, me preguntaba hace unos días en una de las terrazas veraniegas de este noctívago Jaén, sobre qué iba a hablar en el próximo artículo. No lo tenía claro pero le dije que quizás escribiese sobre el flúor. Ante su extrañeza le aclaré que recientemente había escuchado en la Rosa de los Vientos –la radio por antonomasia- hablar sobre dicho elemento y fui testigo directo, radiofónicamente hablando, de su desmitificación como elixir dental y abanderado para la salud. Me tumbaron varios mitos, de esos de a pies juntillas ¡en media hora! Entonces me emocioné, quería documentarme, es más, tenía pensado llamar a mi amigo Andrés, que es químico, para que me diese dos o tres datos fundamentados ya que empezaba a hacer el hulahop con la paradoja: la buena prensa que tiene el flúor y lo perjudicial que es para la salud; la dosis legal permitida debe ser inferior a 1,5 microgramos tanto en aguas minerales, en pastas dentífricas, en sales fluoradas y en agua potable y urbana.

Iba a explicarles en este artículo todo lo que había escuchado sobre el flúor pero sucedió que se desparramó delante de mí el tema de los abortos inesperados; a la terraza llegó una conocida de mi mujer, Isabel, que, consternada, se puso a contarle que estaba muy asustada porque se había enterado de que a María, amiga común, también le había sucedido. Pero no se quedó ahí, no sólo a María le había ocurrido sino también a su prima la Juanita y a la cuñada de ésta última, la Lola. Le invité a que se sentase –iba sola paseando- y le pedí una cerveza sin alcohol. Prosiguió con su relato y nos refirió que si tampoco nos habíamos enterado de que a Alicia, administrativa de la empresa en la que trabajaba su primo Alberto también le había pasado. Pero calla, decía, no sólo a éstas, sino también a Verónica, la del Tomás. Todas en este año, nena.

Entonces, mi yo surrealista resucitó; relacioné los hechos que nos relataba Isabel, que estaba embarazada, con la disminución o inexistencia de poblaciones de avispas, de mosquitos y de murciélagos en Jaén capital. Ellas, las otras conocidas y referidas, habían abortado por causas naturales. Sí, es un rumor que empieza a circular aquí, en Jaén y que yo, por desgracia he sufrido en mis carnes y en las de algunos de mis allegados hasta en siete ocasiones y todas en menos de tres meses. ¿Por qué tantos abortos naturales en Jaén capital? Mi amigo Jesús me decía hoy: nene, ¿será el agua?

Publicado el 5 de septiembre de 2007 en Diario JAÉN.

* Los fragmentos subrayados y en negrita de este artículo no coinciden con la versión que recibió la redacción del periódico. Que conste.


 

 

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