Es julio y hace frío. Hace frío, queda demostrado; es la época del año donde se cogen más resfriados y más faringitis. Antes del frío hicimos frente a la época de los ahoguijos y carrasperas, al sin respirar por mandato de los santos pólenes y de las provocativas flores. Pero qué hubiese sido de nuestros jardines sin esa etapa de sexualidad polinizada; sin esos sépalos abiertos, sin ese estilo provocador, sin esos cálices majestuosos y en bikini. Entienden el concepto, ¿verdad? Estamos en julio y hace frío. Qué bien llevada y que bien traída ha estado la orquesta de la sexualidad polinizada. Ahora no, ahora hace frío y el estambre agotó su producción de granitos hasta el año que viene. Algunos granos, como los del olivo, traerán dineros, morusa de pelusilla multicolor para las cuentas bancarias de nuestros contados empresarios del aceite de oliva virgen, virgen pero virgen, virgen; todo un extra producido entre cuerda y cuerda, entre cortijo y tractor, entre boina y almazara, entre pendientes de gitana y laderas erosionadas, entre talas selectivas de pino, encina y alcornoque y suelo agotado, pardo y seco; solar que reclama el barbecho como el borracho su último chato de vino. Pero hace frío, en Jaén hace frío. Canturreamos, mientras nos abrigamos, la canción del verano: ese oro virgen que yo vi crecer, ese oro virgen y santo de mi provincia, ese oro que me ciega de lo cansino que es, esa tierra esquilmada que produce, ese oro verde, ese cansineo de olivos y olivos, de olivos y aceitunas. Ayer por la tarde la canturreaba y por la noche, fue inevitable, soñé que era un fornido mancebo que paseaba por la vía verde de la capital, por esa vía verde, virgen y pura atestada de olivos desmatados y con los ruedos hechos para la feria de octubre por lo que pueda caer y más lisos que el mármol de una encimera. Pues allí estaba yo, en mi sueño, en pantalones cortos y descamisado, cuando de repente, los sueños, sueños son -y más sin mosquito que perturbase mi bienestar-, me vi orinando con tanto poderío que alcancé con el chorrillo los olivares de la Sierra de Segura. Cuando terminé quedó la provincia inundada de agua que no de orín. Los sueños, qué raros son. Me alcé el pantalón y proseguí con el paseo. Desde esa noche mi memoria ha perdido la noción de aridez y el concepto de erosión por cultivo intensivo de olivar.
Abríguense cuando abandonen el rumbo empinado que marcan las calles de Jaén. No hay opción: rebajas, locales intensamente refrigerados, dependientas monas que sin escrúpulos te enseñan el tanga de colorines… y tan panchas. Los fosforitos provocan la pulsión del desmesurado gasto en ese comercio refrigerado y sin grifo de cerveza pero con niña mona y sola y con tanga y sin marcha. Pero nos queda la vía virgen y verde de la capital para cumplir nuestros deseos y nuestros sueños. ¿O no?
Que estamos en julio, que hace frío y que soy ciudadano cumplidor con las estadísticas que los expertos publican en verano: sí, duermo menos, sí, sudo más y sí, estoy más irascible, más gallardo y más tontorrón. Exudo malaleche y a borbotones me sale cuando con el café cortado de la tarde empiezo a darle vueltas y vueltas al periódico hasta la exasperación porque no encuentro en ninguna página par ese Diario del que no se fue. Hay que tener malaleche, y muy fina, para privar al fiel lector del JAÉN sin él, que no se ha ido. Así, así se alimentan las estadísticas.
Artículo publicado hoy, día 11 de julio de 2007 en Diario JAÉN.