Como es primavera qué mejor que hablar hoy, en este artículo, de las flores de Jaén. Pero antes de adentrarme en el por qué del título elegido, me gustaría advertirles de algo que siempre he pensado: si el público que me lee lo formasen reyes, no entenderían nada de lo que a continuación escribo. Bien, revelado el secreto, nos vamos de paseo con las flores; atiendan, por Dios, meneen el café y sigan leyendo.
Todo sucedía la semana pasada. Sabía que Pablo, uno de mis nueve hermanos, no me engañaba cuando me relataba cómo en la zona del Gran Eje, algunos ciudadanos de este Jaén de altura, con aspiraciones reales a convertirse en capital de algo, se habían dedicado a desenterrar y arrancar los geranios que los jardineros de este nuestro uno, grande y libre Excelentísimo Ayuntamiento había ordenado plantar días antes. Sí, no me engañaba, yo ya tenía los suficientes indicios para corroborar con mis propios ojos como durante semana, semana y media, los jardines, medianas y parques de la ciudad habían sido transformados en pequeñas huertas rebosantes de flores primaverales con sistema de regadío incluido y si no, fíjense qué obra de ingeniería versallesca han realizado en la antigua carretera de Córdoba hoy renombrada avenida de Juanito Valderrama. Y a mí me daba qué pensar dicha actitud, la del robo del esqueje, la mutilación cruenta del jardín recién plantado, allí en el Gran Eje, o junto al Obispado, o acullá, cerca del seminario. El espíritu del geranio, me dije, el jiennense en esta primavera ha sido poseído por el mismísimo espíritu del geranio. Buscaba e indagaba qué podía causar dicho comportamiento e intuí que quizás el espíritu del esqueje robado se debiera a la penosa Semana Santa que nos había ofrecido el hombre del tiempo. El jiennense o no podía o no sabía cómo tolerar tanta frustración. Y tanta frustración contenida no era buena. Privar a Jaén de su singular Semana Santa, a pesar de que los tronos no llevasen aún el ut sic incorporado, era un urbanicidio; así con todas las letras, un ¡urbanicidio! que se materializó en un jardincidio. Pueden parecer las letras que hoy escribo la más pura expresión de lo absurdo: el arranque y transplante de un mísero esqueje de geranio para decorar el macetón de nuestro balcón y todo, a costa de los euros de los ciento y pico mil ciudadanos de esta aspirante a capital pero de repente, entre macetones y balcones descubrí otra posible causa: los higrómetros hablaban y tanta humedad en el ambiente, debida más que nada al refrán de que en abril, aguas mil, ocasionaban el desbarre de los sesos no inciensados de algunos ciudadanos de la ciudad.
Pero ni una ni otra. Lo que realmente había provocado que el espíritu del geranio se apoderase del jiennense de a pie no fue sino el fiel reflejo de ese otro espíritu con el que el Ayuntamiento, y éste a lo grande, había arrancado, talado y troceado en cilindros casi perfectos no sé cuantas decenas de pinos que hasta hoy lucían un filustre que era la envidia de todas las capitales de provincia que no poseían un parque periurbano como el de Jaén. De aquí a nada, recalificación y chalés adosados. Que ¿no?
Bernardo Munuera Montero
Publicado en Diario JAÉN el 18 de abril de 2006