Archivo paraMarzo, 2007

Suripanta

Poema publicado en Tusitala, Adamar Ediciones, 2005.

SURIPANTA

*


España ha de venir trémula
suripanta y noctívaga
por sendas heridas, fudres
y borrachas,
para morir entre sus ríos
y desangrarse entre sus deltas.*
Bernardo Munuera Montero.

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Campanas

Relato publicado en:

Título: Tusitala (El narrador)
Autor: Varios autores
ISBN: 84-934056-7-1
Características: 472 pág. 21×14 cm
Precio de venta: 20 €
Editado por: Adamar Ediciones
Fecha: Junio, 2005

CAMPANAS

Fernando Vique se encontró aquel frío día de febrero frente a las puertas de los aseos de La Campana, un pequeño bar de carretera con gasolinera anexa. Se situó frente al espejo del servicio de caballeros y se preguntó, malhumorado, sobre el por qué de la situación a la que había llegado.

Él y su hijo Carlos estaban agotados. Llevaban recorridos sin descansar trescientos kilómetros. Salieron de Mairena después de comer. Necesitaban un descanso que hicieron en la siguiente estación de servicio que encontraran y tocó en La Campana.

Para Fernando este viaje suponía algo nuevo, muy nuevo, a pesar de contar ya con ochenta y dos años. A esta edad, sólo había salido de Anzur en dos ocasiones: la primera, para asistir al funeral de su hija Lucía en Aix-en-Provenze asesinada por un marido fiel; la segunda, cuando murió su mujer Paquita un meses antes. Desde aquella pérdida, quedó en manos de su hijo.

Carlos vivía en Mairena, estaba soltero, se divertía algunos días de la semana hasta el amanecer y su padre no había conseguido averiguar a qué se dedicaba. Sin embargo, invitó a su padre a que se fuera con él a compartir el apartamento que tenía en el pueblo hasta que encontrase para él, una residencia adecuada.

Se desviaron de la autovía por el carril que daba acceso a La Campana. Fernando se bajó del coche. «Papá ahora entro, termino de repostar gasoil, compro tabaco y pago. Vete pidiendo lo que quieras, no tardo». Se dirigió, con la lentitud de un anciano octogenario, hacia el bar y lo esperó dentro. Allí comenzó a recordar a su mujer. La echaba de menos, la presentía allí donde se encontrara. Junto a la barra había un hombre que se rascaba la barba hasta emitir un ris-ras mientras el humo del cigarrillo que sostenía ascendía por su cara. «Será un camionero», pensó Fernando. De vez en cuando miraba de reojo la puerta de entrada que se abría, quizás porque esperaba que Carlos entrase pero aún no había terminado de repostar, comprar tabaco y pagar el gasoil. Pidió un café con leche, corto de café y un bocadillo de queso que quedaba en la vitrina. La mosca que estaba sobre el bollo se espantó cuando el camarero lo cogió para servírselo a Fernando en un plato mediano, rozado por el lavavajillas, con una servilleta de papel.
Carlos no llegaba, no entraba por la puerta.

Antes de comerse el último trozo de bocadillo, lo apretó entre sus dedos índice y pulgar con fuerza y volvió a girar la cabeza hacia la entrada. Esta vez eran dos niños que jugaban y se agarraban. Carlos no se dejaba ver.

Quería salir al exterior para ver qué ocurría y se excusó ante el camarero por no poder pagar lo consumido. No llevaba dinero encima. Le dijo que iba a salir a buscar a su hijo que se había quedado fuera mientras repostaba y compraba tabaco. Tenía que salir. El camarero, que lo observaba de arriba abajo, antes de permitirle salir, le indicó que la máquina de tabaco estaba a su derecha y que allí, en la dependencia adjunta sólo cobraban la gasolina. Le dejó ir. Un hombre mayor como Fernando con el semblante triste, apesadumbró al camarero. Lo evidente en ese momento era la soledad mientras buscaba, ya con cierta desesperación, a un hijo en un bar de carretera.

Salió del bar con la primera oscuridad de la tarde. Veía cómo entraban los automóviles para repostar, cómo se bajaban los viajeros, cómo volvían, cómo arrancaban y cómo se iban; cinco, diez minutos, no más. Él llevaba allí cerca de tres cuartos de hora y empezó a preocuparse. La cajera le dijo que no había visto a nadie con ese aspecto que condujese un deportivo negro metalizado, con una franja amarilla en el capó.

Volvió al bar cariacontecido. Allí se encontró con dos nuevos clientes: una pareja de guardias civiles. Los miró como un niño perdido mira a los que le rodean y pensó por un momento en revelarles su situación. Se acobardó porque no pretendía actuar como un niño. Él, un hombre de ochenta y dos años perdido no quería reconocer cómo se encontraba, no, no quería reconocerlo. No estaba perdido sino abandonado y siempre pensó que la Guardia Civil se ocupaba de gente perdida pero no abandonada. Las personas que son abandonadas parecen seres más desgraciados, menos seres, menos personas.

Sin culpa, sin esperarlo siquiera, allí se encontraba Fernando Vique frente al espejo del aseo, al borde de la locura, al borde de una existencia que no comprendía, a sus ochenta y dos años. En la Campana fue arropado durante un mes por los camioneros, uno cada día; por el camarero del queso y la mosca y por esos dos monigotes pegados en las puertas de todos los aseos que lo saludaban todas las mañanas antes de encontrarse de cara con su realidad. Allí estaba y él sí se encontraba.

El cinco de marzo se lo encontraron muerto sentado entre las dos puertas del baño del bar La Campana, afeitado, con la camisa limpia y sonriendo a Paquita; eso quise pensar.

Bernardo Munuera Montero

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Canicas y media manga

Como decíamos ayer, la construcción latina Moriturus te salutant que daba título a mi último artículo estaba mal escrita. Lo correcto sería: Morituri te salutant. Era la construcción que los profesionales del latín y cómo no, los romanos jiennenses esperaban. Y más ahora, que se acerca la Semana Santa. Y un morituri tajante, valeroso, como si te fueses a morir logrando con ello la futura salvación de toda tu estirpe, por lo menos, hasta el siglo veintitrés. Y llevaban razón. Quede aquí reflejada y escrita la fe de errata o como escribía un amigo valenciano, la fe en las ratas. Disculpen. Aún así, les agradezco la corrección porque con ella han removido algunos recuerdos de mi perdida adolescencia y cómo no, de mis listos alumnos de Latín del Colegio Ecos, allí, por la malaya Marbella. Aquel segundo de B.U.P estaba repleto de mentes muy interesantes. Un día estuve a punto de entrar en el aula con una pancarta que rezase: se buscan genios para educar a las naciones. De eso han pasado ya casi diez años pero cuando leo algo en latín no puedo impedir acordarme de los gratos momentos que en aquella aula con vistas al mar pasé. Los recuerdos piden ahora primera fila y qué menos quedarme con ellos un ratico. Pero no, no vayan a creer que voy a explicar el placer de la declinación y la traducción de textos latinos, no, no se asusten, no voy a explicarles nada entre otras razones porque las explicaciones que tenía las agoté con tanto zagal inquieto, inteligente y sabio; vaciaron mis depósitos de sabiduría latina en dos años. Ahora el bosquejo adolescente, la pincelada acneica, el recuerdo virginal.Me acordaba de ellos y de mis primaveras escolares. De mis vigilados patios de recreo. En el Colegio Ecos y Entrepinos. Los chavales parecían disfrutar con otra intensidad el rato del recreo. En primavera los recreos parecían un cielo de estrellas fugaces. Los adolescentes se miraban con más asiduidad en el espejo de su casa antes de salir, se aplicaban hasta lo epiléptico la pomada contra el acné, se repeinaban setenta veces siete, se guiñaban un ojo a sí mismos. Sabían que las niñas se acicalaban con más premura, no había tiempo que perder, había sangre en las venas, se refutaba la teoría de Harvey: había sangre y corría deprisa entre venas y capilares, se sacaba número ante el puesto del enamoramiento para después hacer cola en el del cortejo, los caballitos con la Derbi Rabasa presagiaban un lugar de encuentro entre azul oscuro y neón distante, el colegio, la alegría, el polen, el estornudo, las mañanitas de abril qué siguen siendo ricas para dormir; sábanas blancas pero no impolutas.

Y cómo no, recuerdos de mi Aneja masculino y de mi Altocastillo; de don Juan José y de don Critóbal, de don José y su tiralíneas; los coscorrones de don Ruperto, las filas en el patio; del Auringis y del Peralta que, junto a don Cristóbal, han quedado registrados en mi primaveral memoria como los mejores profesores de mi vida. Pero en el olvido quedaron las taleguillas de canicas que comenzaban a impregnarse del tabaco guardado en el cajón más inaccesible de mi cuarto; medias mangas zagaleras, primaveras inolvidables.

Recuerden, comenzó la primavera y… ¡el incienso!

Bernardo Munuera Montero.
bernardo.munuera@gmail.com

Artículo publicado en el Diario Jaén el 21 de marzo de 2007.

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