Estas letras están destinadas a esa minoría que cree que el mal tiempo proviene de los malos pensamientos de unos desdichados ebrios y locuaces y que son éstos los que deben asumir su culpa. No hablo de dioses sino del oficio postmoderno de este siglo: ser político y no hacer nada práctico.
Podría hablar ahora de otros tantos oficios postmodernos pero menos remunerados aunque no por eso menos importantes. El grado de postmodernidad varía y, varía dependiendo de cómo se tenga el ombligo, si con restos de cordón umbilical o por el contrario, profundo, bello y maquillado. Ese padre que no ve a su hijo en todo el día por asuntos de ombligo y trabajo; ese hijo que empieza el día desayunando solo y que una vez acabada su jornada “educativa”, o se planta en la calle, o se funde con el start de su consola hasta que papá llega con sudor en la frente y un cacho más de materialismo bajo el brazo para cenar, gritar y acostarse. Quizás y con suerte, mamá esté ahí pero… A las madres se las suele torear bien a esas edades, es así. Mi niño es listísimo, buenísimo y amabilísimo. Eso sí, me tiene acojonada y si no interviene mi marido ya hemos echado el día.
Hablar hoy de una parte del profesorado de este país me va a costar. No lo voy a hacer, me voy a callar porque no soporto bien su narcisismo psíquico-intelectual. Lo reconozco, me puede, me sonroja. Padres y profesores en este tiempo están federados en el arte y noble deporte del Ping-Pong. Mientras, unos adolescentes y no tan adolescentes, se divierten jugando con cuchillos jamoneros al escondite en la calle, como debe ser. Sí, estamos en la postmodernidad, qué queremos, ¿ver a caperucita roja dando saltitos?
Aquí se demanda más neurona, más cordura y menos televisión. Si tienen a mano un libro, mejor. Mezclen y podrán beber un cóctel apto para inteligentes. Aspirar en la vida a algo más que a un Ferrari debe ser fácil, digo yo. Empecemos el trabajo de campo en Alcorcón, está cerca.
Goethe lo decía más finamente: la chusma no teme a nada más que al entendimiento.
Publicado el 24 de enero de 2007 en Diario JAÉN. Bernardo Munuera Montero.