Archivo paraEnero, 2007

De oficio, jamoneros

Ahora el lamento. Lloros compungidos por la certera pedrada, por aquella navaja afilada que además de cortar jamón descerrajaba como un revólver, que rajaba a su vez al viento, al viento de la palabra, por aquella razón embadurnada de sangre caliente que se queda fría y que bajo tierra, aunque su cuerpo amante esté, nos escribirá, como el poeta, como Hernández. El odio, el desamor, ese aquí te pillo, aquí te mato, en su sentido, en el sentido más literal de la expresión: el sinsentido de la irreflexión. Las lágrimas se secan y la mejilla escuece. Y mientras nos sobreponemos a ese escozor todo vuelve a su cauce, a su costumbre, a su estar ahí donde siempre tuvo que estar, en la ignorancia que reverencia la estulticia. Las entendederas se relajan y queda manida la expresión, el lamento: ¡oh, oh, qué desgracia, ¿a dónde vamos a llegar? Toca acobardarse y tener la desfachatez de catalogar la información como quincalla informativa, execrada y defecada sin esfuerzo. Tiramos de la cadena y se mira hacia otro lado y comprobamos con la palma de la mano que quién sigue allí, caliente y con cobijo, es el mismo de siempre, el nuestro, el mío, mi ombligo, mi círculo sensual, mi todo, mi tesoro.
Estas letras están destinadas a esa minoría que cree que el mal tiempo proviene de los malos pensamientos de unos desdichados ebrios y locuaces y que son éstos los que deben asumir su culpa. No hablo de dioses sino del oficio postmoderno de este siglo: ser político y no hacer nada práctico.
Podría hablar ahora de otros tantos oficios postmodernos pero menos remunerados aunque no por eso menos importantes. El grado de postmodernidad varía y, varía dependiendo de cómo se tenga el ombligo, si con restos de cordón umbilical o por el contrario, profundo, bello y maquillado. Ese padre que no ve a su hijo en todo el día por asuntos de ombligo y trabajo; ese hijo que empieza el día desayunando solo y que una vez acabada su jornada “educativa”, o se planta en la calle, o se funde con el start de su consola hasta que papá llega con sudor en la frente y un cacho más de materialismo bajo el brazo para cenar, gritar y acostarse. Quizás y con suerte, mamá esté ahí pero… A las madres se las suele torear bien a esas edades, es así. Mi niño es listísimo, buenísimo y amabilísimo. Eso sí, me tiene acojonada y si no interviene mi marido ya hemos echado el día.
Hablar hoy de una parte del profesorado de este país me va a costar. No lo voy a hacer, me voy a callar porque no soporto bien su narcisismo psíquico-intelectual. Lo reconozco, me puede, me sonroja. Padres y profesores en este tiempo están federados en el arte y noble deporte del Ping-Pong. Mientras, unos adolescentes y no tan adolescentes, se divierten jugando con cuchillos jamoneros al escondite en la calle, como debe ser. Sí, estamos en la postmodernidad, qué queremos, ¿ver a caperucita roja dando saltitos?
Aquí se demanda más neurona, más cordura y menos televisión. Si tienen a mano un libro, mejor. Mezclen y podrán beber un cóctel apto para inteligentes. Aspirar en la vida a algo más que a un Ferrari debe ser fácil, digo yo. Empecemos el trabajo de campo en Alcorcón, está cerca.
Goethe lo decía más finamente: la chusma no teme a nada más que al entendimiento.

Publicado el 24 de enero de 2007 en Diario JAÉN. Bernardo Munuera Montero.

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La poetisa de Jesús Tíscar Jandra.


Crítica publicada el 10 de enero en el Suplemento de Cultura del Diario JAÉN.

Título: La Poetisa.
Autor: Jesús Tíscar Jandra
Editorial: Algaida
Fecha publicación: diciembre 2006

No importa si un libro es moral o inmoral: los libros están bien escritos o mal escritos. Al escribir, yo me preocupo de hacer literatura, es decir arte. (Oscar Wilde)Y La Poetisa es un libro para poetas de la existencia. Pero no vayan ustedes a comparar, ni por asomo, a La poetisa de Jesús Tíscar con el Kamasutra de Vatsyayana. No se atrevan tampoco a compararla con el Ars Amandi de Ovidio, menos con el Asno de Oro de Apuleyo y ni por asomo con el Decameron de Bocaccio. Si así han oído hablar de ella les soy sincero, le están mintiendo. Ninguna de esas obras versa sobre el quehacer poético. Y como no hay posible comparación, no hay entonces posible similitud. Tampoco con el tipo de prosa escrita en Últimas tardes con Teresa de Marsé. La cuestión no es clasificar esta obra en un género literario, en el de la prosa erótica, por ejemplo, sino saborear el arte que exuda. Arte construido palabra a palabra, expresión a expresión, arte en la estructura literaria, arte en la trama con personajes que además de poder ser caracterizados desde el esperpento más valle-inclaniano, se ahogan en el absurdo vital como si Artaud los hubiese ideado. Entablar por tanto una discusión sobre si la obra de Jesús Tíscar es literatura erótica es asunto inútil y queda zanjada porque no hay punto de comparación, no hay punto de apoyo para hacer palanca y encasillarla en mero erotismo. Y tildar la obra de carácter obsceno porque en ella se refleje cierta semántica de lo vulgar sería empequeñecer las miras que La Poetisa nos ofrece. No se engañen. Léanla desde el punto de vista de lector inteligente, léanla desde la realidad cotidiana, desde la más primigenia condición humana y déjense llevar por los aspavientos de la poesía entendida como la ha entendido Jesús Tíscar.
La Poetisa es una obra bien construida sin olvidar la rotundidad de la cita de Wilde: Jesús Tíscar se ha preocupado de hacer arte, de hacer literatura. Lo moral o inmoral de su contenido es asunto de alcoba. Toda novela bien escrita es una obra de arte y afirmar que esté bien escrita no merma en los méritos de ser además una obra bien construida porque no hay escritura sin construcción. Sin armazón no hay ni trama, ni argumento, ni personajes, ni intrigas y menos un final tan deslumbrante como el que nos ofrece La Poetisa. Y con este armazón era impensable atreverse a pensar que estuviera mal escrita. Lenguaje vulgar y culto a la vez, preciosista; la miseria humana en literatura sólo es válida, creíble, si se muestra así, con precisión en los rasgos que cualifican a un personaje: sus manías, sus intereses, sus pensamientos, sus acciones y cómo esos con estos chocan, o se complementan con otros tantos personajes que hilan en punto de cruz un argumento sin fisuras. Sin fisuras he escrito pero sincero he querido significar. Ningún personaje de la obra fracasa porque ninguno quiere rendirse a no ser protagonista; la protagonista, menos, Josefa Villabuena, poetisa que entiende su arte como concepción vital, elixir de su existencia y que el autor mueve a su antojo hasta culminar con la conciencia de un perro cualquiera que vive en un campus universitario cualquiera de una ciudad española cualquiera. La protagonista nace para escribir y remueve lo real desde la miseria y mezquindad humana hasta transformar lo normal en surreal, la costumbre impertérrita en hecho nauseabundo. Y como satélites que encumbran más si cabe a La Poetisa como protagonista, aparecen esa necesaria retahíla de personajes secundarios, unos más que otros, que se constituyen en las piezas de un puzzle que una vez ensamblado grita ¡heme aquí, soy humano! ¡Ecce homo! Sin miedo a las hipérboles, todos los protagonistas son ciudadanos del territorio de la nausea vital. Los hombres son machos, las mujeres, hembras. Si redujéramos la esencia de la condición humana a sus mínimos existenciales, habremos de partir de esa verdad, la verdad de que la fuerza de la vida parte siempre desde un principio y este principio surge del rozamiento en el juego en el que se inmiscuyen dichas naturalezas, la femenina y la masculina, el interés y el poder, la oficialidad y las heces de la costumbre frente a lo divergente y creativo, alternativo al fin y al cabo; la fuerza de vivir sin límites y arriesgándolo todo, hasta la propia condición de hombre, de mujer. Finalizo con la respuesta que me ha dado la poesía cuando le he preguntado cómo se ha visto ella en la novela. Sin cortapisas me dijo: Hazme puta, Méteme a puta, Véndeme puta, Suéñame puta, Quiéreme, Róbame, Miénteme, haz lo que se te antoje, con tal que sea puta y me escribas.

Bernardo Munuera Montero

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