Archivo paraDiciembre, 2006

El sol y el mendrugo

Escribí estas letras en dos tiempos. Las publico aquí como si una bocina fuese. Seguimos sumergidos en esta vorágine laica, cristiana, fetichista y dilapidadora de pagas extras y aquí es donde deben sonar.
Hablo ahora de Manuel, personaje, pero quizás, bautizado con nuestros nombres. El suyo, el mío… Manuel tenía cierta conciencia; si era pura o escrupulosa era asunto de su confesor o, de ustedes, que pueden ahora juzgarla. Sean benévolos. Un detalle musical; si tienen ustedes el Nocturno nº 2 Op. 9 de Chopin, hagan clic en el on. Estas letras tienen esa música de fondo, lo crean o no.
La conciencia de Manuel recurría a palabras extrañas para describir los cambiantes estados de ánimo que le provocaban la Navidad. Su conciencia emitía en señal de baja frecuencia pero con un preciso y nítido tono, una alarma que le desesperaba. La desesperación surgía cuando en sus paseos vespertinos recorría las calles de su ciudad que le sumergían en una especie de torrente integrado por una cáfila de majaderos que compraban y se reían, compraban y se corrían. Sí, cáfila de majaderos, se repetía, cáfila de mezquinos, anodinos seres, anodinas vidas movidas por la verborragia imperial de una publicidad fraudulenta. Y martilleaba su conciencia con esa frase: verborragia imperial, verborragia imperial. Era el superlativo sangrante de otra palabra: verborrea. Era la publicidad que sangraba hasta el ahogo de la sensibilidad y el sentido común. Era una diarrea colectiva, un gastar porque tengo y me da la gana, razón irracional y por ello con tintes y características sobrenaturales. Algo extraño, pensaba Manuel, algo diabólico quizás. Todos se convertían en los dioses de la Navidad, se decía Manuel, todos parecían dioses copulando hasta morir de gusto con los euros ganados con el sudor de su frente. Lugar común, muy común, eso del sudor de la frente pero a Manuel le valía.
Y miraba a su alrededor y sus ojos vagabundeaban, husmeaban quizás, como si buscasen sin esperanza, una mirada sincera de entre aquella multitud de ojos logotipo, de bocas de Chanel y rebozos de mercaduría de almas en pena. Un auténtico cuadro de estúpidos sabiéndose eso, estúpidos.
La madurez, o esa especie de imperturbabilidad, le deparó la adquisición de nuevas ideas acerca de la manera de observarse y observar a los demás. Una sabiduría visual y de conciencia, una sensibilidad que todos parecían, en teoría, tener muy asumida pero que el entusiasmo enfermizo que provocaban estas laicas fiestas, hacían tropezar en trescientas sesenta y cinco piedras a todos los viandantes sin excepción, incluido él. ¿Hasta cuándo ese fardar de estupidez? ¿Dejarán que me cambie de especie animal? se preguntaba.
No, Manuel, no inquieras a tus semejantes. Déjalos vivir, deja que su Navidad sea entrañablemente bella, romántica y nauseabunda. Tú sigue bajándole al mendigo que has espiado desde la ventana de tu casa los trozos enteros de las sobras de la comida que por tu situación familiar tiras a la basura y que él busca, también entrañablemente, en un cubo de basura. Que no te dé vergüenza, Manuel. El mendigo tiene ahora dos cosas: el mendrugo y el sol que le calienta a diario.

Bernardo M. Montero.
Publicado en Diario Jaén el 27 de diciembre de 2006

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