Hay que sobrevivir, me digo, hay que sobrevivir, repito.
Reconozco que si no fuese porque a mi hija le gusta el colorido que desprende la Navidad con toda su comestible y rancia parafernalia ya hubiera desempolvado el tirachinas que tengo en el segundo cajón de mi mesa y hubiese empezado a reventar las bombillitas navideñas de este Jaén aceitunero que aún no lucen. ¿Altivo? Risas ¿Qué me dices, Santi, de los chinos con los que jugábamos los zagales de nuestra quinta resguardados en las laderas de las Peñas? Qué gordura, qué proyectiles, qué daño si atinaban. Y a punto por bombilla. Multiplicábamos. Esas luces me despiertan el instinto.
Hay quien ha decidido sobrevivir a la Navidad. No, no, no voy a hablar de lo que no consumimos, -ya hablarán los comprometidos- ni de cómo la celebramos – también hablarán los otros- Tan cristiana, tan piadosa, tan de andar por casa. Y todos. Todos rememorando con fervor de siglo doce, consciente, grave, temeroso, el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo que desde el cielo, el mar y la tierra se debe estar desternillando de lo pegajoso que está el córtex de nuestra alma. ¿Qué alma? La tuya, nene, la tuya. La turbina materialista no succiona, chupa. Impide ver, impide descubrir las necesidades del que está rozándote o del próximo o como comúnmente se ha conocido: el prójimo. Y desde un pesebrito pasando más frío que un inmigrante en Jaén en época de aceituna. Qué pena, por Dios. Eso sí, bendito sea el mazapán tragado a golpe de jarrupazo de anís.
Hay que sobrevivir, escribía. Y no queda más remedio que hacerse Cid con todo el sentido épico del personaje. Hay que sobrevivir, cueste lo que cueste. Ya sea equipándose con un casco para conducir el coche por la carretera, sea santiguándose setenta veces siete cuando salimos de casa. Mio Cid tuyo no. Y es que con las relecturas, sí, ahora estoy en época de relecturas, todo se vuelve más claro y más nítido. La niebla se dispersa y a Mio Cid le he invitado este año a que me acompañe en las veladas frías de otoño. Mio Cid, tres cuentos, dos novelas, mil relatos, en definitiva, una dieta equilibrada para asustar a Peter Alzheimer. También, no lo niego, por pura supervivencia mental, la verdad. El tiempo, hay que señalarlo, acompaña como amante de noche, de cama y calcetín. Qué amante más hogareño y raro a la vez. Lástima que en estos pisos tan modernos los arquitectos aún no se las hayan ingeniado para diseñarlos con chimenea incorporada que sustituyese el hueco donde erigen a la televisión, origen, háganme caso, del ordenamiento general de la vivienda. Y si no, ¿a qué viene esa simetría de enchufes y llaves de luz? A ver ¿a qué? Una chimenea pues, un buen whisky y un peludo lomo de pastor alemán para mesar y hacer del gustirrinín burgués una religión. ¿Burgués? No, los gajes del oficio demandan estas extrañas necesidades. ¿Verdad? Verdad. Además, si ya se nos ha olvidado sufrir, gentes de buena fe.
-Oídme, mis caballeros, os diré yo la verdad.
A menguar pronto comienza quien se queda en un lugar.
Mañana por la mañana, en seguida a cabalgar;
dejemos estos lugares y sigamos más allá.
Dice el cantar.
Lugar y lugar común, tradición.b.m.m.
Publicado el 29 de noviembre de 2006 en DIARIO JAÉN.
Archivo paraNoviembre, 2006
Tuyo es, Mio Cid
Halloween, ¿qué Halloween?
Halloween, ¿qué Halloween? Dejad de asustad a los muertos. ¿Qué muerto? Nuestros muertos. Entre calabazas y huesos andan nuestros ancestros y en calaveras están convertidos. Mañana tocará, sin prisa. Precavido, ya he elegido pirata que ose sostener la mía y que ice la bandera rotulada. Que no, que no me callo, que se nos van los muertos y nos los ahuyentan. Y sin muertos a los que rezar, díganme ustedes, cómo vamos a recorrer los vericuetos que la santidad nos presenta. Ni Aragorn de guardaespaldas. En el silencio de cien cementerios estarán mañana bisbiseando. Sí, nuestras abuelas, las de toda España y media Cataluña; su progreso no es el nuestro, dicen, pero apostillo, no hay provincia octava sin novena. Humareda de Padre Nuestro que estás en el cielo y gato que maúlla entre sermón y miserere suplicante. Unción, Santos Óleos, crisantemos, lágrimas, llanto, llanto y llanto, palomica de aceite que se consume honrando a mis abuelos. Malo, payo, malo, los muertos no olfatean, y si no huelen, ¿para qué les llevas flores?; naranjas simulando el ocaso, flores, flores de muerto, lápidas, arco iris geométrico en el camposanto. ¿Y su Parusía, y su Resurrección? Hombres de poca fe.Pero como ciudadanos avezados que cabalgan el siglo veintiuno a horcajadas, mañana, y si se tercia hasta el domingo de repique y repique, -tocarán a muerto- lo que importará será esa sonatina sin sordina. Prevalecerá la cháchara a pesar del obligado tiempo de silencio. Globalización cultural que nos ahoga, ¡estos americanos! Y mis muertos despavoridos. Tranquilos, sabed, aprended de memoria un hecho histórico que no llega a lección: Norteamérica fue colonizada por media Irlanda densa en celtas de verdad. Corrían los cincuenta del siglo XIX. Y como los españoles en media Sudamérica, también llevaron consigo sus fiestas, sus cuentos orales y tres semillas de calabaza. Halloween, ritual celta de hace más de dos mil quinientos años, no es un Made in U.S.A. Siento comunicarlo, así, entre palomicas y padrenuestros. Servía la fiesta para ahuyentar al muerto que según la tradición cogía prestada la chaqueta, media clavícula y los sesos del cráneo para seguir vivito y coleando. Y esto asustaba, ya ves si asustaba que de la tradición al jolgorio que se ha montado hoy, mucho celta ha sido tomado por el pito de un sereno. Pero ha transcurrido mucho tiempo y con tanto muerto no ha quedado más opción que festejar la calabaza. Ley natural. ¿No?
No será el primer año que rompa calabazas a padrenuestros porque como jiennense que soy, practico aquello del honra a tu muerto como a tu padre aquí en esta tierra como a pies juntillas. Una cena familiar, en mi casa o en la de mi suegra, tres lloros mal contados y rezos por mis muertos, pero por los míos, advierto, que después me faltan avemarías y padrenuestros y a ¿quién se los pido? ¿a Halloween? ¿qué Halloween? A equis por mis abuelos, José Luis y Juan, y a otras tantas por mis abuelas, Anastasia y Paquita, lo dicho, mucha saliva y bisbiseo. Así hasta que la palomica de aceite quiera descansar en paz.
Halloween, ¿qué Halloween? A marcha de repique, bisbisa. Que tocan a muerto y me gusta.
Publicado el 1 de noviembre en el Diario Jaén.