Archivo paraOctubre, 2006

Ciudadano albérchigo

Me van a permitir ustedes hoy romper el hielo con una cita de Flaubert: la estupidez pública me desborda. Abro la veda y opino; a ustedes sólo les resta acogerse al derecho y beneficio que todo lector de columnas de opinión tiene. Aprovecho e introduzco cuña publicitaria: estas columnas suelen leerlas –digo suelen, por aquello de la costumbre- los que saben, por ejemplo, desayunar con calidad, con café bien tirado, tostada que chorrea aceite nada más estrujarla y saber reponer fuerzas para acometer las duras mañanas laborales y ahora, porque ya lo han escrito mis compañeros de columna, otoñales. Lo demás es no tener ni idea de qué es desayunar con cremosidad o no querer saber qué piensa el ciudadano de a pie (porque los que escriben estas columnas también proceden de este planeta tierra y de esta provincia lagártica –término robado al mundo tiscarjandriano-) Hay que decir siempre la verdad y la verdad, sea dicha o escrita, es reconocer que las columnas de opinión deberían -¿por qué no?- constituir un fundamental criterio de selección a la hora de contratar personal laboral: oiga usted, ¿lee mientras desayuna las columnas de opinión del diario local de su ciudad? ¿Sí? ¿Por qué? ¿No? Ya, ya, les tiene miedo. Es normal, hoy cuesta pensar, qué le voy a decir yo, más, leer dos frases seguidas. La inquietud intelectual, quédese tranquilo, no vaya a creer que no le seleccionamos por esto, reside en saber cuántos goles encajó el equipo del vecino que le hace la vida imposible los sábados durante la siesta. Usted no se preocupe, hombre, que la información siempre ha dado poder, y el poder de charlar durante diez minutos sobre la jornada futbolística del fin de semana es condición sine qua non para aprobar cualquier test de cultura general que a día de hoy solicitan para cualquier puesto público. Además, es verdad, ¿qué da de sí un artículo de opinión? Nada, simplemente es la opinión de un gachó que medio sabe escribir y coloca encima del tapete sus miedos, inquietudes, impresiones e ideas sobre la vida y formas de vivir. Porque a ver quién es el guapo que no sabe ya porqué Fernando Alonso puede perder el campeonato de Fórmula Uno. Pues no está dando juego ni ná la tuerca de la rueda trasera derecha del bólido del zagal. Si por tuercas o tornillos fuera… Eso es jugar con las cosas pequeñas. Eso es opinión y lo demás chuminás. Eso es ser un genuino albérchigo, como diría mi padre.
La estupidez pública me desborda. Éste que escribe sin compás y cartabón estas letras, añade una reflexión más. Leo ahora con fruición a Carlos Marzal. Me llama la atención la clarividencia que sobre la raza humana tiene cuando en su obra, Los reinos de la casualidad, aparecen fragmentos dignos de ser seleccionados por la memoria comprensiva de nuestros chiquillos. Comparar a los humanos con una manada de caballos necesitados de severidad es entendible. Eso sí, afirmar que tanto estas bestias como nosotros somos seres gregarios que precisan aceptar jerarquías para ser felices, apabulla, porque de repente y sopetón concluyes que para ser feliz, te guste o no, debes ser demasiadas veces en la vida un estúpido y un imbécil. Publicado el 4 de octubre de 2006 en Diario Jaén.
B.M.M

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