La playa del Alcaparrón es una playa imaginaria. A la playa del Alcaparrón también llegan pateras, o cayucos, como marca la moda. En Alcaparrón Beach las niñas solo se visten con braguitas bikini. Esto supondría que en la playa del Alcaparrón no deberían existir clases sociales, pero existían, como narro a continuación. Leía el otro día que los científicos han descubierto un universo desconocido de microbios en los océanos; pero éstos se tragan inmisericordes a otro tipo de microbios que por no poder ir en yates, navegan en una especie de armatoste y máquina naútica: la definición exacta sería ataúd naval.
Me explico. Mientras las niñas enseñan sus cuerpos y tiernas curvas en las playas mediterráneas de Andalucía, Levante y la República Democrática de Cataluña, sin olvidar a la Nación Murciana, los niños se vuelven bizcos, estrábicos cuando las divisan. La ley del comportamiento animal no hace distinción entre el hombre y el perro. Durante esta época, las playas mediterráneas en verano rebosan de catetos urbanos que se creen neptunos, dioses, con o sin tridente. Esa cualidad que siempre ha definido a la raza humana, el pudor, el pudor en todos los órdenes, se ha desvanecido entre la arena que pisan. No es cuestión de ser mojigatos pero el pudor se ha esfumado. No hay debate posible, tanto animal suelto no es bueno.
Y prosigo. Hoy ha sido el colmo. Me encontraba lejos, en la distancia que todo voyeur debía establecer. Estaba bizco con dos zagalas morenas que en bikini estaban sentadas sobre una toalla del “Niño” junto a esas curvas tan andaluzas, cuchicheándole algo al sol. Observé que de repente se sobresaltaron al ver aparecer a un chico negro de entre las olas, justo, justo, enfrente de ellas, semidesnudo y tiritando de frío. Le decía una a la otra: cuchi, Cuca, qué bueno está el negro ese; ¿cuál, Nati? Ese, ese, el que viene hacia nosotras; uy, qué miedo, nena, vamos, recoge los bártulos y nos vamos donde haya más gente; que no, tranquílizate, que está pescando coquinas. ¿No ves la pinta de pescador que trae? Mientras se deciden meten las dos a la vez la mano en la bolsa de patatillas fritas que estaban comiendo y se miran, se ríen por el espectáculo gratuito y sorprendidas de nuevo, divisan a otro chico negro que resurge de la última ola que rompe en la costa; éste, totalmente desnudo. Y después a otro, y otro, así hasta diez. Oye, Cuca, ¿por qué se tiran en la arena y se quedan tiritando? No sé hija, tendrán que descansar después de tanta faena.
Y yo les gritaba desde la duna-colina en la que estaba tumbado: ¿A qué esperáis?, ¿queréis levantar vuestros lindos traseros aunque sea para ofrecerles un trago de agua dulce y unas patatillas de vuestro Santo Reino? ¿No veis que el cayuco os va a partir el espinazo como os descuidéis? Huían como posesas y no tuve más remedio que llamar a la Guardia Civil y contarles que otra patera había encallado en Alcaparrón Beach; algunos hombres negros flotando en el agua, otros tiritando sobre la arena; nadie se acercaba a socorrerlos, sólo corrían con el móvil en la mano comprobando si tenían alguna llamada perdida de la conciencia, la desarrollada.Bernardo M. Montero
Publicado en Diario Jaén. 9 de agosto de 2006