Hará un par de días, leía un fabuloso relato de D.H. Lawrence titulado El sol. Se relataba la historia de Julieta, una chica que por prescripción médica tiene que tomar baños de sol diarios. Y se marcha a una casona familiar perdida por no sé donde. No cuento más. Quince páginas que merecen la pena. El relato, que es un relato rescatado, salvado y expuesto, lo tienen ustedes a su disposición en tijeretazos.org, que es una de las mejores páginas webs de Literatura, de Literatura con densidad, exquisita, que huye de lo planetario y mediático. No, no pertenece a ningún grupazo, tampoco canta. En uno de los fragmentos del relato pude desvelar la inconsciente causa que provoca la estampida estival hacia el nivel cero metros y que obliga a no sé cuantos personajes playeros a inundar todo nuestro litoral; la de aquel o aquella que busca la arena como el agua, con bikini o sin él, con bañador o tomando el fresco y que embardurnados de leche untuosa cierran los ojos y parecen bramar en su interior : “podía sentir el sol penetrándole incluso hasta en los huesos; no, incluso más allá, incluso en las emociones y en los pensamientos. Las oscuras tensiones de su emoción comenzaban a alejarse, los oscuros y fríos coágulos de sus pensamientos comenzaban a disolverse. Estaba comenzando a sentir calor por toda ella. Volviéndose de espaldas, dejaba los hombros disolverse al sol, el lomo, la parte trasera de los muslos, incluso los talones. Y allí permanecía tumbada, medio aturdida con perplejidad por lo que le estaba sucediendo. Su corazón cansado y frío se iba fundiendo, y al fundirse se evaporaba. Una vez vestida, se volvía a tumbar y miraba al ciprés cuya copa, un filamento flexible, se dejaba mecer por la brisa. Mientras tanto, era consciente del imponente sol deambulando por, el cielo”. Es el comienzo de la mutación, es empezar hacer el indio, convertirse en un auténtico Piel Roja, como graciosamente leí en el blog de mi amigo belga Sokol. Seguimos leyendo a Lawrence y descubrimos el anhelo de la criada de Julieta para exponerse desnudos ante el sol; “debe ser hermoso ponerse desnuda ante el sol”, piensa, “pero hay que ser hermosa para no ofender al sol ¿no?”, se contesta a sí misma.
Belleza griega y femenina debería ser la condición sine qua non para atreverse a tomar el sol sin inútiles y coloridas lingeries. Sí, el sol quema y convierte en piel roja a los que se atreven a insultarlo con grasas mal metabolizadas. Benditos seáis del astro rey, vosotros, que os atrevéis a posar desnudos ante él y en su generosidad deslumbrante os condona con la pátina del tono sensual y sabrosón para todo un verano; uno más. Pero os ruega y os advierte, como se reza en todo prospecto estrella, con destellos de melanina mal asimilada en vuestra piel, que debéis ser íntegras Julietas y lindos David miguelangelescos para no ofenderle. El sol también tiene pudor, vergüenza y carácter. Como yo, que huyo de las playas concurridas donde el olor mefítico a fritanga humana me provoca náuseas. Huyo a otras, más desiertas, menos explotadas, donde el mismo sol me hace un guiño y desde luego, puedo respirar límpido oxígeno. Sí.
bernardo m. montero.
Diario Jaén. 12 de julio de 2006.