bernard louis

Archivo de Julio 2006

El indio Piel Roja

In Artículos on Julio 14, 2006 at 22:15

Hará un par de días, leía un fabuloso relato de D.H. Lawrence titulado El sol. Se relataba la historia de Julieta, una chica que por prescripción médica tiene que tomar baños de sol diarios. Y se marcha a una casona familiar perdida por no sé donde. No cuento más. Quince páginas que merecen la pena. El relato, que es un relato rescatado, salvado y expuesto, lo tienen ustedes a su disposición en tijeretazos.org, que es una de las mejores páginas webs de Literatura, de Literatura con densidad, exquisita, que huye de lo planetario y mediático. No, no pertenece a ningún grupazo, tampoco canta. En uno de los fragmentos del relato pude desvelar la inconsciente causa que provoca la estampida estival hacia el nivel cero metros y que obliga a no sé cuantos personajes playeros a inundar todo nuestro litoral; la de aquel o aquella que busca la arena como el agua, con bikini o sin él, con bañador o tomando el fresco y que embardurnados de leche untuosa cierran los ojos y parecen bramar en su interior : “podía sentir el sol penetrándole incluso hasta en los huesos; no, incluso más allá, incluso en las emociones y en los pensamientos. Las oscuras tensiones de su emoción comenzaban a alejarse, los oscuros y fríos coágulos de sus pensamientos comenzaban a disolverse. Estaba comenzando a sentir calor por toda ella. Volviéndose de espaldas, dejaba los hombros disolverse al sol, el lomo, la parte trasera de los muslos, incluso los talones. Y allí permanecía tumbada, medio aturdida con perplejidad por lo que le estaba sucediendo. Su corazón cansado y frío se iba fundiendo, y al fundirse se evaporaba. Una vez vestida, se volvía a tumbar y miraba al ciprés cuya copa, un filamento flexible, se dejaba mecer por la brisa. Mientras tanto, era consciente del imponente sol deambulando por, el cielo”. Es el comienzo de la mutación, es empezar hacer el indio, convertirse en un auténtico Piel Roja, como graciosamente leí en el blog de mi amigo belga Sokol. Seguimos leyendo a Lawrence y descubrimos el anhelo de la criada de Julieta para exponerse desnudos ante el sol; “debe ser hermoso ponerse desnuda ante el sol”, piensa, “pero hay que ser hermosa para no ofender al sol ¿no?”, se contesta a sí misma.
Belleza griega y femenina debería ser la condición sine qua non para atreverse a tomar el sol sin inútiles y coloridas lingeries. Sí, el sol quema y convierte en piel roja a los que se atreven a insultarlo con grasas mal metabolizadas. Benditos seáis del astro rey, vosotros, que os atrevéis a posar desnudos ante él y en su generosidad deslumbrante os condona con la pátina del tono sensual y sabrosón para todo un verano; uno más. Pero os ruega y os advierte, como se reza en todo prospecto estrella, con destellos de melanina mal asimilada en vuestra piel, que debéis ser íntegras Julietas y lindos David miguelangelescos para no ofenderle. El sol también tiene pudor, vergüenza y carácter. Como yo, que huyo de las playas concurridas donde el olor mefítico a fritanga humana me provoca náuseas. Huyo a otras, más desiertas, menos explotadas, donde el mismo sol me hace un guiño y desde luego, puedo respirar límpido oxígeno. Sí.

bernardo m. montero.
Diario Jaén. 12 de julio de 2006.

El dios del payo

In Artículos on Julio 6, 2006 at 16:34

Encaras la calle Maestra andando con un orden determinado y cuando rompes ese orden, rompes el orden de las cosas; el bar Manila se desdibuja, escuchas con estridencia las campanas de la Catedral caer sobre la Plaza Santa María, mientras tres personas que se salvaban del desastre, corrían ilesas, nerviosas, como si de mechas encendidas se trataran, esquizofrénicas, fulgurantes, dirección al Obispado. Gritaban y gritaban alzando la cabeza hacia el cielo e imprecaban un grito munchiano que todos escuchaban: “¡payo, payo, ha sido el dios del payo!”.
El dios del payo de nuevo, había sido el dios del payo. Así lo pronunciaban todos, sin excepción alguna. En esta ocasión, no quedaba lugar a la duda, sólo había un dios del payo. Se había atrevido a empujar las campanas por una simple razón: se había cansado de oír el estilo lancé corto que diariamente tañían. Todas las navidades igual, todas, desde el día que las colocaron. Pero estaba disconforme, sobre todo, por la manera en que los badajos percutían y mientras se sustituían los yugos de madera, las campanas cayeron, fueron empujadas, sería lo correcto escribir, una primero y después las otras, como si de un efecto dominó de altura se adueñara de ellas. Y dominó su volteo, pero hacia abajo, siguiendo la estela de la fuerza gé en una perspectiva de conicidad invertida. Las sonoridades de cada campana, mientras caían, eran distintas; los toques, era evidente, estaban alejados de la más pura tradición jiennense del toque catedralicio corto pero la calle Maestra seguía ahí, con el Manila aún desdibujado, aquéllos todavía corriendo porque no conseguían llegar y desde el Obispado se vertían cubos de agua por los alféizares de las ventanas; pensaban que se trataba de un incendio.
Mañana llegaban los Reyes Magos pero no transitarían por todas las calles. Este año vienen en el trineo de Noël, marca registrada. Los camellos no se encuentran en el desierto. Acabaron con ellos los marines americanos porque pensaban que podían provocar el chiste, que portaban armas de destrucción masiva y los acribillaron, así, sin más.
Mañana hay que ser cristiano para salir a recibir a sus Majestades. Lo demás, sinrazón y tradición. Hay que dirigir la mirada al cielo por si alguna otra campana osase caer y trazar trayectoria volante no identificada. Hay que salir corriendo, si así sucediera, pero antes, recoger agua y caramelos para lanzarlos en caso de incendio.
El mundo está loco y todos entenderán este artículo. Sigo en el bar Manila con un café de cafeína para quien lo deseé y quiera preguntar. Manila se vuelve a redibujar entre esquinas centenarias que se santiguan al ver al Cristo pechino que filma, pasada la Cofradía de El Abuelo, desde su hornacina envelada sin cámara digital móvil.
Y llega el momento: cruzas el paso de cebra de puntillas y de repente, vuelves a andar con orden, con ese orden determinado.bernardo m. montero.
Publicado en Diario Jaén. Enero 2005