Siempre me acercaba a las lumbres de San Antón con la curiosidad del niño fascinado, del adolescente embelasado por el reflejo del fuego sobre el rostro moreno de los gitanos de la Magdalena. Aquélla era la noche en la que los ojos de un payo como yo se recreaban en las chispas de la hoguera del barrio donde vivía y que fugaces, escapaban hasta difuminarse entre las estrellas frías del firmamento. Mis ojos volvían siervos de algún extraño encanto a la hoguera, no sin antes recrearse en la belleza de clase, en la racial belleza de los ojos gitanos de mil gitanas que canturreaban junto al fuego. Aquellas lumbres no pueden asemejarse a las de ahora, lo siento, ni mucho menos; Jaén ahora no es así.
Jaén es otro, Jaén es una ciudad de tirajitos abandonados entre esquinas y rincones, entre calles y avenidas, entre socavones y traspiés, entre jardines y junglas, entre el desgobierno y la incuria que provoca la tibieza de este Ayuntamiento. Jaén es otro, Jaén está destartalado. A los zagales licenciados en el arte del lumbreo, se les olvidó arrastrar miles de carretones repletos de tirajitos urbanos, con kilos e ideas derrochadas y abandonadas en el papel burocrático y en el deseo que todo euro imprime a quien lo posee. Jaén no se embaldosa cada cuatro años, no, Jaén se ha de mantener día a día y fiestas de guardar; Jaén no se limpia cada cuatro años, no, Jaén se debe lavar la cara todos los días. Jaén no es una ciudad fantasma y es pertinente invertir en ella con agudeza y más inteligencia. Lástima que las ideas geniales procedan siempre de los artistas que viven en calles sin genio y no de los hombres grises que gobiernan este Ayuntamiento porque no son artistas, porque es evidente. El aburguesamiento merma lucidez y la genialidad será ente imposible. Jaén debiera ser otra pero Jaén no es otra. Jaén no tiene ojos de ramera pero vive de día y vive de noche. Jaén no lo soporta, Jaén no alienta más este debiera, Jaén no vive en el subjuntivo del deber, Jaén no es un debiera ser. Jaén vive en indicativo, en presente del indicativo y le gustaría, como a toda ciudad, presumir de historia, de calles, de gentes y que sus monumentos tengan la cama hecha para cuando llegue la noche y descansar. Un monumento sin entorno limpio y acicalado, es un montón de piedras desubicadas, que viven en la ucronía del debería pero sin deber, con los churretes negros, resecos por el paso del tiempo. Jaén, con dolor, se ha convertido en tirajito presto a ser arrojado a la próxima lumbre de San Antón.
Lumbres anuales y elecciones cada cuatro. Tapar a suertes los tirajitos de nuestras calles y conseguir que la ilusión del ciudadano se mantenga en ascuas es un arte de birlibirloque. El jiennense se rebelará antes, después o ahora. Abogo por el ahora y el cómo: que ardan los tirajitos de Jaén y se redescubra la belleza escondida de sus calles, del fuego y de la infancia.
Diario Jaén. Enero 2005
b. m. montero